Nuestro último estudio nacional, realizado junto a Reyes Filadoro sobre relaciones, masculinidades y vínculos entre jóvenes de 18 a 35 años, muestra una generación atravesada por una contradicción profunda: quiere formar pareja, construir una familia y establecer vínculos duraderos, pero siente que hacerlo es cada vez más difícil, agotador y confuso.

El 77% considera que las relaciones son hoy más descartables y menos duraderas que en la época de sus padres. El 72% afirma que vincularse afectivamente requiere demasiado esfuerzo emocional. Y el 57% cree que las redes sociales hicieron más difíciles las relaciones entre hombres y mujeres. Sin embargo, el 81% todavía quiere formar una familia.

Ahí aparece la primera paradoja

Más conectados, más cansados

Nunca fue tan fácil conocer gente. Nunca hubo tantas aplicaciones, mensajes, redes, posibilidades y opciones. Y, sin embargo, vincularse parece haberse vuelto más complejo.

Los focus groups muestran una sensación recurrente: las relaciones comenzaron a funcionar con una lógica parecida a la del mercado.

Siempre puede aparecer alguien mejor. Siempre existe otra opción. Siempre hay algo más para mirar.

Los jóvenes lo describen con palabras muy concretas: “catálogo”, “dopamina”, “comparación”, “miedo a equivocarse”.

La abundancia, que debía ampliar las posibilidades, también incrementó la ansiedad.

Más opciones no necesariamente producen mejores decisiones. A veces producen más incertidumbre.

Hombres confundidos

Uno de los hallazgos más importantes aparece entre los varones. El 68% de los hombres reconoce sentirse confundido respecto de qué espera hoy la sociedad de ellos. Los viejos mandatos siguen presentes.

El 41% cree que los hombres deben ser fuertes y no mostrar debilidad. El 34% considera que deberían resolver sus problemas sin pedir ayuda. Y el 65% siente que necesita estabilidad económica para ser valorado en una relación.

Lo interesante es que muchas mujeres no esperan necesariamente eso.

El 66% de ellas rechaza la idea de que la estabilidad económica masculina sea una condición para valorar a un hombre en una relación. Es decir, muchas veces la presión no proviene del otro. Proviene de una representación sobre lo que creemos que el otro espera.

La brecha de percepción

La gran grieta del estudio no aparece tanto en el diagnóstico. Hombres y mujeres coinciden en que los vínculos cambiaron. Coinciden en que relacionarse es más difícil. Coinciden en que los mandatos pesan. El problema aparece cuando intentan interpretar qué significa ese cambio.

El 73% de los hombres siente que las mujeres los comprenden. Entre las mujeres, solamente el 53% siente lo mismo respecto de los hombres.

La misma distancia aparece cuando se pregunta por la disposición masculina al cambio.

El 56% de los hombres considera que está abierto a revisar sus formas tradicionales de relacionarse. Pero el 60% de las mujeres piensa que no.

No hay solamente diferencias. Hay percepciones distintas sobre la voluntad del otro de cambiar.

Dos miedos diferentes

También cambió la forma de aproximarse al otro. El 60% de los hombres evitó alguna vez acercarse a una mujer por miedo a incomodarla, ser rechazado o ser malinterpretado.

Entre las mujeres aparece otro temor. El 43% modificó durante el último año aspectos de su comportamiento -horarios, recorridos, forma de vestir o manera de hablar- porque un hombre le generó incomodidad o inseguridad.

Ambos modifican conductas.

Pero por razones completamente distintas. Uno teme incomodar. La otra teme sentirse insegura.

Ahí probablemente se concentre buena parte de la distancia que hoy atraviesa los vínculos entre hombres y mujeres.

El peso de las expectativas

Las mujeres también cargan con sus propios mandatos. El 72% considera que están sometidas a demasiadas exigencias simultáneas: desarrollarse profesionalmente, ser independientes económicamente, cuidar su cuerpo y, al mismo tiempo, sostener las tareas domésticas y familiares. En las conversaciones digitales aparece con fuerza el dilema entre maternidad y carrera profesional.

En paralelo, resurgen discursos sobre el “hombre que resuelve”, el proveedor y modelos tradicionales de familia.

Quizás no estemos solamente frente a una generación progresista enfrentada a otra conservadora.

Estamos frente a una generación que, en medio de una enorme incertidumbre, busca nuevas respuestas y a veces vuelve a viejos modelos porque resultan conocidos.

La soledad en la era de la hiperconexión

Hay otro dato que atraviesa todo el estudio. El 55% de los jóvenes de entre 25 y 35 años manifiesta un estado de ánimo predominantemente negativo, asociado a frustración, estrés, enojo y ansiedad.

La soledad aparece cada vez más en las conversaciones de los streamers y creadores de contenido con mayores audiencias.

No es casual. Estamos posiblemente ante la generación más conectada de la historia.

Pero estar conectado no significa sentirse acompañado.

El verdadero desafío 

Quizás el problema no sea que los jóvenes hayan dejado de creer en el amor, la pareja o la familia. Los datos muestran exactamente lo contrario. El problema es que las herramientas que utilizamos para relacionarnos cambiaron mucho más rápido que nuestras capacidades emocionales para administrarlas.

Las redes multiplicaron las posibilidades. También multiplicaron la comparación. Las aplicaciones ampliaron el mercado.  También aumentaron la sensación de reemplazo. Los cambios culturales derribaron muchos mandatos. Pero todavía no terminaron de construir reglas nuevas.

Tres claves de lo que viene

1. La crisis no es del deseo de vincularse: Los jóvenes quieren formar parejas y familias, pero sienten que el camino para hacerlo es más difícil.

2. Hombres y mujeres comparten el diagnóstico, pero interpretan distinto las causas: La verdadera grieta es de percepción y comprensión mutua.

3. La hiperconexión no resolvió la soledad: Más opciones, más redes y más información no necesariamente producen mejores vínculos.

Quizás una de las grandes preguntas de esta generación no sea con quién vincularse.

Sea cómo hacerlo.

Y, en una sociedad cada vez más individualizada, acelerada y digital, volver a aprender a construir confianza puede convertirse en uno de los mayores desafíos de los próximos años.

*- Por Pablo Pérez Paladino
Consultor Político | Director de Enter Comunicación