Esta semana vi dos películas donde el vínculo entre padres e hijos era lo central.

La primera es de 2002: Lugares comunes, de Rodolfo Aristarain, con Federico Luppi, Mercedes Sampietro y Arturo Puig. Luppi es Fernando Robles, un profesor de literatura al que jubilan de oficio y que no consigue que lo dejen seguir unos años más. Un liberal de verdad -no de los que aparecieron por acá en la última década-: alguien que cree que el Estado es central para organizar la sociedad y que, al mismo tiempo, cada uno tiene que ir detrás de lo suyo.

Lo que a Robles le preocupa como docente es algo que me preocupa a mí: despertar en los alumnos el dolor de la lucidez. En una escena les dice que enseñar es mostrar, y que mostrar no es adoctrinar; que no los valoren por la respuesta sino por la pregunta; que las mejores preguntas son las que se repiten desde los griegos. Y remata:

“Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites, sin piedad. (…) La lucidez es un don y es un castigo.”

En otra escena, Robles discute con su hijo -un exiliado económico en España- y le grita algunas verdades a la cara. La relación se rompe. A muchos nos pasó de pelearnos con nuestros padres, es sano. También es sano saber volver. Eso pasa en la película cuando Robles se enferma: el hijo vuelve.

La segunda se estrenó esta semana en Flow, producida por Orsai, y está basada en un texto de Hernán Casciari: Canelones. Cuenta una broma telefónica y una decisión -seguir un engaño- que marca el final de la adolescencia. Pero la broma tiene una segunda vuelta: la venganza de un hijo por una broma que había lastimado a su madre.

En Canelones, el vínculo entre Casciari y Chichita -su madre, personaje de tantos de sus textos- es de conflicto. Una madre que pide y exige. Un hijo que dice: “por algo me fui a vivir a 12.000 kilómetros”. Y sin embargo el texto entero es un gesto de amor: se puede estar a 12.000 kilómetros y seguir escribiendo sobre tu vieja toda la vida.

Pero cuando se da cuenta que su mama se encuentra en peligro, Casciari y Chiri -su amigo- se asustan y deciden salir a buscarla y encontrarla.

¿Qué les pasa a los hijos cuando dejan de ser hijos? Ser hijo es, tal vez, uno de los mejores momentos de la vida: cuando tus viejos son esos héroes que entregan todo lo que tienen -tiempo, plata, salud- para que vos seas.

No sé si uno deja de ser hijo cuando ellos se van. Sospecho que no. Que uno sigue siendo hijo, pero de otra manera: hijo de un recuerdo, de una voz que todavía se escucha, de una forma de mirar el mundo que quedó adentro. Las dos películas terminan con un hijo que vuelve. Quizás sea eso: seguir volviendo, aunque ya no haya adónde.

Si alguna de estas dos películas te está esperando en la lista, miralas. Y si esto te hizo pensar en alguien -en tu viejo, en tu vieja, en un hijo-, mandáselo. Para eso escribo.

*- Por Diego Citterio
Historiador, docente universitario, investigador del CONICET Jujuy