Para dimensionar el fenómeno, es clave entender que una revolución tecnológica no consiste en la aparición aislada de un invento. Es un período de transformación amplia del sistema productivo y social, impulsado por la difusión de innovaciones radicales interrelacionadas. Exige la articulación de nuevas tecnologías, infraestructuras, formas de organización y criterios de eficiencia que reordenan numerosas actividades. En 2022, el Foro Económico Mundial ya había anticipado este ajuste producto de la convergencia del entorno digital con la IA, la robótica avanzada, la impresión 3D y la internet de las cosas. El rasgo decisivo de este tiempo es la generalización: una tecnología verdaderamente revolucionaria funciona hoy como plataforma o infraestructura base para innumerables actividades.
Pero para entender nuestra época es imperativo eludir el determinismo tecnológico. Detrás de los algoritmos se mueven los intereses de un puñado ultraconcentrado de corporaciones privadas que desarrollan los modelos más avanzados y controlan tanto la infraestructura como el hardware crítico del ecosistema. El selecto club conformado por OpenAI, Anthropic, xAI, Palantir Technologies, Microsoft, Google, Meta y Nvidia monopoliza el negocio y mantiene una relación de interdependencia -tan compleja como tensa- con el poder político de Washington. Hoy, las herramientas de IA son el pilar de la seguridad nacional y de la economía estadounidense.
Lo intrincado de este ecosistema quedó en evidencia con la reciente fuga de talentos. Profesionales clave que aportaron al desarrollo de los grandes modelos abandonaron sus compañías argumentando que estas tecnologías se han convertido en un riesgo existencial para la humanidad. La confirmación de este peligro por parte del jefe de seguridad de Anthropic ocurre en simultáneo con el dramático pronunciamiento de la ONU. “Estamos al borde de un cambio irreversible que nos afecta no solo a nosotros, sino a las generaciones futuras”, advirtió el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk.
En la arena política estadounidense, el senador demócrata Bernie Sanders sumó sus propias alertas por el avance descontrolado de la IA. Sin embargo, en la Casa Blanca prima otra urgencia. El presidente Donald Trump ha rechazado cualquier acción política para ralentizar el desarrollo de los modelos más avanzados. Su mirada está puesta en China, a la que considera la principal amenaza y competidora en este campo.
La postura de Trump contradice los recientes pedidos de ciertas facciones de las Big Tech, que en el último mes han coincidido en la necesidad de frenar la carrera por motivos de seguridad. Para el mandatario, pausar el desarrollo significaría cederle la delantera a Beijing y enviar una señal negativa a los inversores que sostienen financieramente el sistema.
Retos para Latinoamérica
Mientras Washington y Beijing aceleran, para Europa y América Latina la IA se ha transformado en un asunto de supervivencia geopolítica, cuyo eje central es la soberanía tecnológica. Este concepto remite a la capacidad de un Estado, comunidad o sociedad para controlar de manera autónoma el desarrollo, uso, infraestructura y regulación de las tecnologías esenciales para su funcionamiento. Implica, fundamentalmente, evitar una dependencia crítica de actores externos en áreas donde la subordinación vulnere la seguridad, la economía y los derechos ciudadanos.

Pero alcanzar esta soberanía exige condiciones ineludibles. Primero, disponer de infraestructura crítica: centros de datos propios, redes de telecomunicaciones robustas y alianzas seguras en la cadena de suministro de semiconductores. Segundo, el control soberano de los datos, garantizando la capacidad de almacenar, procesar y encriptar la información de ciudadanos e instituciones bajo leyes nacionales, blindándola de filtraciones hacia servidores extranjeros.
A esto se suma la necesidad de formar profesionales en áreas estratégicas (IA, robótica, ciberseguridad, biotecnología) y aplicar políticas agresivas de retención y repatriación de talentos, creando ecosistemas científicos atractivos. Además, la soberanía requiere apostar por software propio, auditable y de código abierto para sortear riesgos de espionaje o bloqueos por el uso de licencias foráneas.
Naturalmente, poco de esto es viable sin una fuerte inyección de financiamiento público y privado en investigación y desarrollo (I+D) con visión de largo plazo. También urgen marcos regulatorios soberanos que fijen reglas claras para las multinacionales que operan en territorio propio, exigiendo adecuaciones a leyes de defensa de la competencia, equidad tributaria y protección de datos personales.
El panorama para América Latina es particularmente complejo. A la ausencia de modelos de IA propios, las limitaciones en la potencia de procesamiento físico y la carencia de normativas nacionales con coordinación regional, se suman obstáculos estructurales. La inestabilidad política crónica, las tensiones entre líderes de la región, la fuga de cerebros hacia corporaciones extranjeras y la constante presión de las potencias para forzar acuerdos comerciales bilaterales dinamitan los intentos de integración.
La IA está impulsando cambios revolucionarios tanto en los centros de poder global como en nuestra región, pero la tecnología por sí sola no determina el futuro. En este escenario de incertidumbre que reordena el tablero mundial, donde juegan las Big Tech y las grandes potencias, Latinoamérica enfrenta una ventana de oportunidad repleta de desafíos. Tal vez, la única forma de afrontarlos adecuadamente sea construyendo relaciones de confianza duraderas que le permitan consolidar, mediante la integración, un futuro común frente al desafío de la inteligencia artificial.
*- Por Iván Lello
Doctor en Ciencias Sociales | Docente e investigador en Comunicación Digital e Inteligencia Artificial




