La política también empezó a funcionar así. Los apoyos son menos permanentes. Los rechazos también. Los liderazgos pueden fortalecerse rápidamente y deteriorarse con la misma velocidad.
Quizá una de las mayores virtudes de Javier Milei y de su estrategia política haya sido comprender antes que muchos este cambio de época.
La vara cambió
Durante años analizamos a los gobiernos mediante categorías relativamente estables. Corrupción. Institucionalidad. Economía. Liderazgo. Gobernabilidad.
Suponíamos que determinados acontecimientos producían necesariamente determinadas consecuencias. Un escándalo debía provocar una pérdida de apoyo. Un insulto debía deteriorar la imagen. Una crisis política debía tener un costo electoral. La realidad actual demuestra que esa relación es mucho menos automática.
Milei atravesó conflictos políticos, errores no forzados, denuncias, enfrentamientos con periodistas, empresarios y dirigentes, y aun así mantiene niveles de confianza comparables -e incluso superiores en algunos momentos- a los de otros presidentes en la misma etapa de sus mandatos.
No significa que esos episodios no importen. Significa que la ciudadanía los procesa de una manera diferente a la que muchas veces suponemos quienes analizamos la política.
Hoy me enojo, mañana vemos
El último Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella ofrece una fotografía interesante. En agosto, la confianza aumentó 6,4% respecto de julio y alcanzó los 2,06 puntos. Sigue existiendo un deterioro acumulado durante 2026 y el promedio de la gestión se encuentra en su nivel más bajo. Pero después de meses de conflictos, la confianza volvió a crecer.
El dato más llamativo aparece entre los jóvenes de 18 a 29 años: el índice aumentó 66,3% en apenas un mes y llegó a 2,80 puntos. Un movimiento demasiado grande para ser explicado solamente por identidades políticas consolidadas.
Hay algo más: Estados de ánimo. Expectativas. Percepciones sobre la economía. Sensaciones sobre el futuro. Y evaluaciones que pueden cambiar rápidamente.
Votantes que seleccionan qué mirar
La sociedad parece haber desarrollado una enorme capacidad para separar dimensiones. Puede rechazar determinados comportamientos de Milei y, al mismo tiempo, valorar su política económica. Puede criticar un episodio de corrupción y conservar confianza en el rumbo general. Puede sentirse angustiada por su situación personal y todavía creer que cambiar nuevamente sería peor.
Los ciudadanos seleccionan. Rescatan aquello que consideran valioso. Relativizan aquello que no comparten. Y muchas veces suspenden el juicio definitivo.
Eso ayuda a explicar por qué ciertos hechos que ocupan durante semanas la conversación de periodistas, dirigentes y analistas no generan después consecuencias equivalentes en la opinión pública.
No porque la sociedad no los vea, sino porque no necesariamente les asigna la misma importancia que nosotros.
Los clivajes duran menos
También empiezan a perder fuerza las antiguas divisiones políticas. Peronismo contra antiperonismo. Izquierda contra derecha. Estado contra mercado.
Incluso la grieta que organizó durante años buena parte de la política argentina parece menos sólida. Las identidades existen, pero alrededor de ellas crece un electorado mucho más difícil de clasificar. Ciudadanos que pueden apoyar hoy, rechazar mañana y volver a acompañar pasado mañana.
No necesariamente porque sean inconsistentes, sino porque evalúan permanentemente. La fidelidad política empieza a parecerse menos a un matrimonio y más a una suscripción que puede cancelarse cuando deja de ofrecer valor.
El verdadero activo de Milei
En ese contexto aparece probablemente el mayor activo político del Presidente: La esperanza.
Para una porción importante de la sociedad, Milei continúa representando una posibilidad de futuro. Tal vez no exista entusiasmo permanente. Tal vez haya enojo. Tal vez haya críticas, pero todavía permanece una expectativa. Y mientras esa expectativa sobreviva, muchos ciudadanos parecen dispuestos a darle tiempo.
Ahí está la gran diferencia con buena parte de la oposición. Existe un electorado enorme que no se siente plenamente representado por ninguna fuerza política. Un electorado huérfano. Parte probablemente terminará votando nuevamente a Milei. No necesariamente porque se haya convertido en libertario ni porque apruebe cada una de sus decisiones, sino porque todavía no encuentra una alternativa que represente una expectativa de futuro más atractiva.
La elección será emocional
Por eso 2027 probablemente no se defina únicamente mediante las categorías tradicionales. No alcanzará con observar inflación, crecimiento, corrupción o imagen presidencial de manera aislada. Habrá que entender cómo todas esas variables construyen algo más difícil de medir: el estado de ánimo de la sociedad. La decisión electoral puede terminar siendo mucho más cotidiana de lo que imaginamos.
¿Cómo estoy? ¿Cómo creo que voy a estar? ¿Tengo esperanza? ¿Tengo miedo de volver atrás? ¿Existe alguien mejor? Preguntas simples para una sociedad enormemente compleja.
Tres claves de lo que viene
1. Los apoyos políticos son cada vez menos permanentes: Los ciudadanos evalúan gobiernos y liderazgos en períodos más cortos y pueden modificar rápidamente sus opiniones.
2. Los escándalos ya no tienen consecuencias automáticas: Su impacto depende del contexto económico, de las expectativas y de la existencia -o no- de una alternativa creíble.
3. La esperanza será una variable electoral decisiva: Mientras Milei continúe representando futuro para una parte importante de la sociedad, seguirá conservando una ventaja frente a quienes sean percibidos como una vuelta al pasado.
Quizás el mayor error de los analistas sea seguir buscando votantes permanentes en una sociedad que dejó de comportarse de manera permanente. La Argentina de 2027 probablemente no estará dividida solamente entre mileístas y antimileístas.
Habrá millones de personas decidiendo hasta último momento. No estarán preguntándose necesariamente quién tiene razón. Estarán preguntándose algo bastante más sencillo: ¿con quién siento que puedo estar mejor mañana?
*- Por Pablo Pérez Paladino
Consultor Político | Director de Enter Comunicación




