Flávio Bolsonaro terminó por encima de Lula en una elección que buena parte de las encuestas imaginaba exactamente al revés. Dos grandes polos concentraron prácticamente toda la competencia, mientras que las alternativas que pretendían romper esa lógica quedaron reducidas a expresiones minoritarias.
Nada demasiado extraño si miramos la política latinoamericana de los últimos años. Y, al mismo tiempo, varias advertencias para quienes intentamos entenderla.
La política se volvió mucho más impaciente
La primera tiene que ver con los oficialismos. Gobernar desgasta, como siempre ocurrió, pero la diferencia está en la velocidad con la que ese desgaste se manifiesta. Las sociedades actuales parecen otorgar menos tiempo para mostrar resultados y tienen una tolerancia cada vez menor a las promesas incumplidas.
La elección brasileña encontró a Lula intentando un nuevo mandato después de años de protagonismo central en la política de su país. Sin embargo, incluso los liderazgos que alguna vez parecieron míticos deben enfrentar el paso del tiempo y el cambio en las expectativas sociales.
Eso no significa necesariamente que pierdan su base electoral. El problema aparece cuando representar el pasado comienza a convertirse en una carga frente a un adversario que logra presentarse como una posibilidad de futuro.
En política, la experiencia y la trayectoria pueden seguir siendo activos importantes, pero dejan de alcanzar cuando una parte de la sociedad empieza a buscar algo diferente.
El centro existe. Eso no significa que pueda ganar
Este punto conecta directamente con algo que venimos discutiendo en estos memos: una elevada desaprobación de los principales candidatos no necesariamente produce una tercera alternativa competitiva.
Brasil llegó a la elección con dos grandes liderazgos que acumulaban niveles importantes de rechazo. Sin embargo, la competencia volvió a concentrarse alrededor de ellos y los candidatos alternativos quedaron muy lejos de disputar el poder.
Algo parecido puede ocurrir en Argentina. Que exista una porción considerable de ciudadanos que no se sienta representada ni por Milei ni por el peronismo no significa que ese electorado vaya a votar unido por una tercera fuerza.
La demanda puede existir sin que haya una oferta capaz de organizarla. Y, cuando llega el momento decisivo, el miedo al adversario puede pesar más que la simpatía por una tercera opción.
Ese es uno de los grandes desafíos de cualquier espacio que pretenda construir una alternativa: transformar el descontento disperso en una identidad política, una propuesta reconocible y una opción electoral viable.
El voto se mueve hasta el final
La segunda advertencia tiene que ver con las encuestas. Pocos días antes de votar, las principales mediciones mostraban a Lula delante. La última encuesta de Datafolha registraba un 45% de los votos válidos para Lula y un 42% para Flávio Bolsonaro. Sin embargo, las urnas terminaron mostrando un resultado diferente, con el candidato opositor por delante.
Esto no significa que las encuestas hayan dejado de servir. Significa que la fotografía electoral tiene una fecha de vencimiento cada vez más corta.
La propia medición advertía que una parte relevante de los electores todavía podía cambiar su decisión, mientras que la incertidumbre era mayor entre los ciudadanos alejados tanto del lulismo como del bolsonarismo.
Cada vez parece haber menos voto anticipado y más decisión contextual. Una declaración, una noticia, una sensación económica, una conversación familiar, un video o un último impulso pueden modificar una elección.
En escenarios ajustados, movimientos relativamente pequeños pueden producir consecuencias enormes. Por eso, más que abandonar las encuestas, el desafío consiste en comprender qué miden, cuándo lo hacen y qué parte de la decisión electoral todavía permanece abierta.
¿Existe un voto de derecha difícil de medir?
Brasil vuelve a poner sobre la mesa otra pregunta: ¿por qué, en distintas elecciones, algunos candidatos de derecha obtienen resultados superiores a los que ciertas encuestas anticipaban?
Sería apresurado convertir un caso particular en una regla universal, pero hay una dificultad metodológica que merece atención. Puede haber segmentos del electorado menos predispuestos a responder encuestas, un voto socialmente menos expresado o diferencias entre la intención declarada y la movilización efectiva. También puede ocurrir algo más sencillo: una parte del electorado conservador termina de decidirse muy tarde y se concentra en el candidato que considera con mayores posibilidades de ganar.
En Brasil, la última encuesta de Datafolha había estimado un 45% de votos válidos para Lula y un 42% para Flávio Bolsonaro. El resultado electoral invirtió esa relación, por lo que la diferencia más significativa estuvo en la estimación del candidato opositor.
Ese desvío merece ser estudiado. No para descalificar las herramientas de medición, sino para revisar sus alcances, identificar posibles sesgos y entender mejor cómo se comportan los electores que no expresan sus preferencias de manera anticipada.
El territorio sigue existiendo
Otra enseñanza parece casi contradictoria con nuestra época. Mientras hablamos de TikTok, algoritmos, inteligencia artificial y campañas hipersegmentadas, las elecciones siguen ganándose también en el territorio.
Brasil volvió a mostrar mapas electorales profundamente diferentes. El Nordeste mantuvo su fortaleza lulista, mientras Flávio Bolsonaro se impuso con mayor claridad en otras regiones. Además, la derecha consiguió avances importantes en gobernaciones y en el Congreso.
No existe una campaña presidencial verdaderamente nacional sin anclajes locales. Gobernadores, intendentes, legisladores y dirigentes territoriales siguen siendo actores fundamentales para construir representación, movilizar votantes y traducir una marca nacional en una propuesta concreta para cada región.
La comunicación digital puede ampliar el alcance de un candidato, instalar temas y organizar comunidades, pero no reemplaza automáticamente la presencia territorial ni las redes políticas construidas durante años.
La marca nacional necesita socios capaces de traducirla en cada distrito. Y esa es una dimensión que Argentina debería observar especialmente rumbo a 2027.
Los escándalos no votan solos
También aparece una vieja tentación del análisis político: suponer que aquello que ocupa las tapas de los diarios necesariamente tiene la misma importancia en la decisión de los ciudadanos.
La campaña brasileña estuvo atravesada por controversias, denuncias y cuestionamientos a ambos espacios. Sin embargo, los electores volvieron a elegir fundamentalmente en función de identidades políticas, economía, seguridad, valores, religión y rechazo al adversario.
Eso no significa que la corrupción no importe ni que los escándalos carezcan de consecuencias. Significa que nunca actúan solos ni producen una reacción uniforme.
Los ciudadanos jerarquizan, comparan y compensan. Pueden condenar determinadas conductas y, al mismo tiempo, considerar que otros asuntos son más importantes al momento de votar. También pueden perdonar ciertas acciones de su propio espacio mientras juzgan con mayor severidad las del adversario.
Es una conducta que muchas veces resulta incómoda para nuestros modelos analíticos, pero bastante habitual entre los votantes. La relevancia pública de un escándalo no siempre se traduce en un cambio electoral y, para comprender su impacto, es necesario observar cómo se combina con las preocupaciones cotidianas y las identidades políticas.
Cuidado con nuestra propia burbuja
Queda una última enseñanza, probablemente la más importante para quienes trabajamos analizando la opinión pública: nuestro algoritmo no es la sociedad y nuestra timeline tampoco.
Aquello que vemos repetidamente puede parecernos dominante cuando, en realidad, pertenece a una comunidad pequeña, aunque muy activa. Las redes sociales nos permiten saber muchísimo sobre conversaciones, reacciones y tendencias, pero también pueden hacernos creer que conocemos mejor de lo que realmente conocemos.
El desafío consiste en combinar fuentes y métodos. Encuestas, datos electorales, territorio, escucha digital, indicadores económicos y conversaciones cualitativas deben formar parte de una lectura integral, sin convertir ninguna de esas herramientas en una explicación absoluta.
Y, sobre todo, hace falta cierta humildad frente a una sociedad que cambia cada vez más rápido. Analizar la opinión pública no consiste solamente en identificar patrones, sino también en reconocer cuándo nuestras interpretaciones dejan de explicar lo que sucede.
Tres claves que deja Brasil
1. El rechazo no alcanza para construir una tercera alternativa. Dos candidatos pueden tener elevados niveles de desaprobación y, aun así, absorber casi toda la competencia electoral. El descontento necesita una propuesta capaz de organizarlo.
2. El último tramo de campaña importa cada vez más. En sociedades volátiles, medir cerca de la elección dejó de ser una recomendación metodológica para convertirse en una necesidad. La intención de voto no siempre está consolidada y los movimientos de último momento pueden alterar el resultado.
3. Ninguna variable explica por sí sola una elección. Economía, identidad, territorio, religión, ideología, liderazgos y emociones actúan simultáneamente. Entender el voto exige observar cómo se combinan esas dimensiones, en lugar de buscar una única causa.
Brasil todavía tiene una segunda vuelta por delante, por lo que sería apresurado escribir conclusiones definitivas. Sin embargo, la primera vuelta deja una advertencia bastante clara: quizás el mayor riesgo para quienes analizamos elecciones sea seguir buscando explicaciones únicas para sociedades que dejaron de comportarse de manera lineal.
Los ciudadanos pueden estar enojados con un gobierno y volver a votarlo; pueden rechazar a dos candidatos y terminar eligiendo entre ellos; pueden decir una cosa en una encuesta y decidir otra pocos días después. También pueden consumir durante meses contenidos que parecen llevarlos hacia un lugar para, finalmente, votar pensando en algo completamente diferente.
La política se volvió más volátil y exige revisar las certezas con las que intentamos interpretarla. El problema no es que los votantes sean contradictorios. Quizás somos nosotros los que todavía pretendemos que no lo sean.
*- Por Pablo Pérez Paladino
Consultor Político | Director de Enter Comunicación




