El Gobierno imponía el ritmo. La oposición corría detrás. Los medios reaccionaban. Y las redes amplificaban.
Muchos analistas comenzaron a hablar de una capacidad inédita para controlar la narrativa, aunque la pregunta que empieza a aparecer es otra. ¿Existe realmente algún gobierno capaz de sostener durante tanto tiempo el control absoluto de la conversación pública?
La ilusión del control
En comunicación política existe una vieja máxima: quien fija la agenda tiene una enorme ventaja. Pero fijar la agenda no significa controlarla. Mucho menos monopolizarla.
Durante los primeros meses del gobierno libertario predominó una estrategia muy estudiada en la literatura contemporánea sobre comunicación política. Steve Bannon la bautizó como "Flood the Zone". La lógica consiste en inundar permanentemente el espacio público con anuncios, conflictos, declaraciones y controversias.
No se trata de esconder la información. Se trata de producir tanta información que nadie tenga tiempo para procesarla. Mientras periodistas, opositores y analistas intentan explicar un tema, ya aparecieron tres nuevos.
El objetivo no es convencer. Es impedir que los demás puedan construir una agenda propia.
El límite de toda estrategia
Sin embargo, ninguna estrategia funciona indefinidamente. Porque siempre aparecen los errores no forzados. Los goles en contra. Las contradicciones. Y cuando eso ocurre, el mecanismo empieza a invertirse. Ya no es el Gobierno quien marca la agenda. Es la agenda la que empieza a marcar al Gobierno. Eso ocurrió durante los últimos meses con el caso Adorni.
Lo que inicialmente parecía una polémica menor terminó transformándose en una crisis prolongada que consumió capital político, generó internas y obligó al oficialismo a abandonar durante semanas su posición ofensiva para pasar a defenderse.
La conversación dejó de ser elegida. Empezó a ser impuesta.
Cuando el rey queda expuesto
Toda construcción de liderazgo tiene momentos donde aparece una sensación de invulnerabilidad. Hasta que ocurre algo. Y entonces la sociedad descubre que el rey también tiene debilidades. No necesariamente porque haya perdido poder. Sino porque dejó de parecer invencible. Eso es probablemente lo que estamos viendo hoy.
El Gobierno sigue siendo el principal actor político. Sigue teniendo enorme capacidad para instalar temas. Pero ya no parece controlar completamente el tablero como ocurría durante su primera etapa.
Y eso también es una señal de normalización democrática.
Del paradigma de la propaganda al paradigma del intercambio
Hace décadas, Jean-Marie Domenach describía las reglas clásicas de la propaganda: simplificación, repetición, enemigo único, unanimidad.
Más tarde, Manuel Mora y Araujo advertía que las democracias modernas comenzaban a abandonar ese esquema vertical para ingresar en un paradigma del intercambio, donde la legitimidad surge de la conversación y no únicamente de la emisión de mensajes.
La paradoja de nuestra época es que la tecnología prometía más conversación. Pero muchas veces produjo exactamente lo contrario. Más mensajes. Más velocidad. Más ruido. Y menos diálogo. Las redes multiplicaron las voces. Pero también fortalecieron la lógica de la confrontación permanente.
El verdadero desafío
Tal vez el mayor desafío de la comunicación política contemporánea ya no sea construir mensajes más potentes. Sea construir gobiernos capaces de escuchar. Porque ninguna estrategia comunicacional reemplaza indefinidamente la realidad. Se puede dominar la conversación durante un tiempo. Lo que resulta mucho más difícil es dominar la percepción que construye la sociedad cuando los hechos empiezan a acumularse.
Claves de lo que viene
1. Ningún gobierno controla la agenda para siempre: La comunicación puede administrar tiempos, pero no eliminar las consecuencias de los errores.
2. La saturación informativa tiene límites: Cuando el ruido es permanente, la sociedad termina buscando señales simples para evaluar a un gobierno.
3. La conversación volverá siempre a la economía: Más allá de las disputas narrativas, el juicio político seguirá pasando por inflación, empleo, salarios y crecimiento.
Quizás el mayor aprendizaje de estos años sea que la comunicación puede ganar tiempo, pero no reemplazar la gestión.
Porque al final, cuando baja el ruido, la sociedad vuelve a hacerse la misma pregunta de siempre:
¿Estoy mejor que hace un año?
*- Por Pablo Pérez Paladino
Consultor Político | Director de Enter Comunicación




