No se trata, conviene aclararlo desde el inicio, de decir que una cosa “deriva” de la otra. Nadie salió incel por escuchar cumbia. El vínculo es de otro orden: discursivo, afectivo y social. Lo que une a ambos fenómenos es una misma manera de narrar la frustración masculina, de poner en palabras -y en música, o en posteos interminables- una experiencia de agravio amoroso que no encuentra cómo explicarse estructuralmente.
Pensemos primero en las cumbias bolivianas de los 90. Muchas de ellas construyen un yo masculino dolido: el tipo al que lo dejaron, lo cambiaron, lo engañaron. Él amó, él dio todo, él sufrió. Ella, en cambio, decidió irse, casi siempre por otro hombre. Y ese otro rara vez es presentado como “más amoroso” o “más compatible”, sino como más rico, más exitoso, con auto, con plata, con futuro. La escena es conocida: te fuiste con él porque tiene dinero, me cambiaste por alguien que puede darte lo que yo no, yo era pobre pero sincero. El agravio no es sólo amoroso, sino también económico: el abandono se lee como una transacción desigual, donde el capital -real o imaginado- explica la pérdida. No hace falta citar letras concretas para reconocer el patrón: el varón sufriente no pierde frente a otro cualquiera, pierde frente a alguien mejor posicionado en la jerarquía material. El desamor, así, se vuelve una metáfora brutal de la desigualdad social.
Entonces, ese varón dolido que canta no es solamente un individuo despechado. Es una figura social. Un varón atravesado por la precariedad, la migración, la falta de reconocimiento, que encuentra en el plano amoroso el lugar donde condensa todo lo que él no puede decir de otro modo: el problema no es el salario, ni la clase, ni el racismo; el problema es ella. Pero esa cumbia no odia: se lamenta, y en ese lamento suele anidar una esperanza silenciosa de revancha, la fantasía de que a ella tampoco le irá bien, de que el dinero no alcance para comprar amor y de que, más temprano que tarde, su decisión se le volverá en contra.
Saltemos ahora al presente y miremos a los incels. Aquí el tono cambia. Ya no hay melodrama, sino odio oculto detrás de jerga técnica, estadísticas dudosas y una creatividad notable para inventar categorías (“chads”, “normies”, “mercado sexual”). Pero el núcleo es (¿sorprendentemente?) parecido: varones que no acceden al amor ni al sexo y viven esa experiencia como una injusticia. El razonamiento, llevado a su forma más elemental, funciona así: si no tengo pareja, el problema no puede estar en las desigualdades sociales, en las trayectorias biográficas o en los mandatos de género que me atraviesan; el problema está afuera. Más precisamente, en las mujeres, que -según esta lógica- eligen “mal”, privilegian a los mismos varones de siempre y reproducen un sistema de selección afectiva percibido como tramposo, cerrado y estructuralmente injusto, sintetizado en fórmulas que circulan como axiomas incuestionables, como la llamada “regla 80/20” o “principio de Pareto aplicado al mercado sexual” que dice así: “el 80 % de las mujeres sólo elige al 20 % de los hombres”.
La diferencia es que lo que la cumbia tramitaba cantando y tomando alcohol (el despecho), el incelismo lo convierte en resentimiento. Donde antes había tristeza y resignación, con algún matiz de revancha cuando ella volviera implorando perdón (según la esperanza del propio sujeto masculino), ahora hay odio, furia, y una comunidad masculina que en foros se retroalimenta de frustración. El afecto es el mismo; la forma de organizarlo, no.
Entonces, respondiendo a nuestra pregunta inicial, ¿qué comparten las cumbias bolivianas de los 90 y los incels actuales? Varias cosas:
- En ambos casos, hay una masculinidad herida, una identidad que siente que perdió un lugar que alguna vez creyó propio: en los 90s, el de varón proveedor; en los incels, el del varón deseable, elegible. No se trata sólo de perder a una mujer, sino de perder una posición simbólica. El yo masculino se percibe desplazado, corrido del centro, y esa experiencia se vive como agravio.
- Un segundo eje es asumir esa pérdida como “fracaso”, pero explicarlo a partir de una decisión ajena: el problema no son las condiciones que me atraviesan, ni el mundo que cambió; el problema es que ella elige mal, elige a otro o elige siempre a los mismos (esto se expresa en múltiples memes, incluidos aquellos que hablan de la friendzone). En la cumbia, ese otro suele ser “el que tiene plata”; en el discurso incel, el “chad”, el exitoso, el privilegiado del mercado sexual. Cambian los nombres, pero la lógica es idéntica: el deseo femenino aparece como una instancia arbitraria que excluye, reparte mal y confirma la injusticia del sistema.
- El tercer eje -y quizá el más importante- es la dificultad para leer ese malestar en clave social. Ni la cumbia ni el incelismo logran, en general, traducir la frustración afectiva masculina en una crítica a las condiciones estructurales que la producen. El capitalismo, con su lógica de competencia permanente, precarización material y promesa constante de éxito individual, queda fuera de escena. En lugar de interrogar un sistema que mercantiliza el deseo y jerarquiza los cuerpos (el cuerpo, la belleza, la sexualidad se convierten en capital erótico negociable e intercambiable), se buscan culpables más cercanos y visibles. Así, el malestar se desplaza: ya no es el mercado, sino las mujeres; ya no es la desigualdad social, sino el feminismo; ya no es la crisis de sentido, sino “lo woke”.
Así, se canaliza la bronca hacia enemigos identificables más concretos. El feminismo aparece entonces como el responsable de la pérdida de privilegios, las mujeres como administradoras injustas del deseo, y las transformaciones culturales como una conspiración contra el varón común. En ese movimiento, el capitalismo queda a salvo: invisible, incuestionado, intacto.
En definitiva, tanto en la cumbia de los noventa como en los discursos incel actuales, el problema no es solo la frustración afectiva, sino la imposibilidad de politizarla en serio. Cuando el malestar no encuentra un marco social para ser pensado, termina volviéndose contra quienes están más cerca. Y ahí, como sabemos, el resentimiento encuentra siempre terreno fértil.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



