Allí encontré la primera edición de siglo veintiuno editores de Las venas abiertas de América Latina del uruguayo Eduardo Galeano.
“El petróleo sigue siendo el principal combustible de nuestro tiempo, y los norteamericanos importan la séptima parte del petróleo que consumen. Para matar vietnamitas, necesitan balas y las balas necesitan cobre: los Estados Unidos compran fuera de fronteras una quinta parte del cobre que gastan. La falta de cinc resulta cada vez más angustiosa: cerca de la mitad viene del exterior. No se puede fabricar aviones sin aluminio, y no se puede fabricar aluminio sin bauxita: los Estados Unidos casi no tienen bauxita. Sus grandes centros siderúrgicos -Pittsburgh, Cleveland, Detroit- no encuentran hierro suficiente en los yacimientos de Minnesota, que van camino de agotarse, ni tienen manganeso en el territorio nacional: la economía norteamericana importa una tercera parte del hierro y todo el manganeso que necesita. Para producir los motores de retropropulsión, no cuentan con níquel ni con cromo en su subsuelo. Para fabricar aceros especiales, se requiere tungsteno: importan la cuarta parte. Esta dependencia, creciente, respecto a los suministros extranjeros, determina una identificación también creciente de los intereses de los capitalistas norteamericanos en América Latina, con la seguridad nacional de los Estados Unidos, la estabilidad interior de la primera potencia del mundo aparece íntimamente ligada a las inversiones norteamericanas al sur del río Bravo”.
Esas líneas fueron escritas en 1970, cuando Galeano publicó su libro. Pareciera mentira que 56 años después sigan tan vigentes como en ese momento. Los acontecimientos ocurridos en la madrugada del lunes 3 de enero en Caracas, me remitieron rápidamente a esa lectura que había realizado por primera vez en 1996.
Pero rápidamente recordé otras lecturas de ese año que se vinculan con este presente, recordé la poesía de Ernesto Cardenal, sacerdote nicaragüense miembro de la revolución sandinista, amonestado por el papa Juan Pablo II y también perseguido en el segundo gobierno de Daniel Ortega junto a otros intelectuales como Gioconda Belli. Cardenal en sus poemas escribe como si rezara:
“Escucha mis palabras, oh Señor
Oye mis gemidos
Escucha mi protesta
Porque no eres tú un Dios amigo de los dictadores
ni partidario de su política
ni te influencia la propaganda
ni estás en sociedad con el gánster.
No existe sinceridad en sus discursos
ni en sus declaraciones de prensa
Hablan de paz en sus discursos
mientras aumentan su producción de guerra
Hablan de paz en las Conferencias de Paz
y en secreto se preparan para la guerra
Sus radios mentirosos rugen toda la noche
Sus escritorios están llenos de planes criminales
y expedientes siniestros
Pero tú me salvarás de sus planes
Hablan con la boca de las ametralladoras
sus lenguas relucientes
son las bayonetas…
Castígalos oh Dios
malogra su política
confunde sus memorándums
impide sus programas
A la hora de la Sirena de Alarma
tú estarás conmigo
tú serás mi refugio el día de la Bomba
Al que no cree en la mentira de sus anuncios comerciales
ni en sus campañas publicitarias, ni en sus campañas políticas
tú lo bendices
lo rodeas con tu amor
como con tanques blindados.”
Volví a mis lecturas de los 15 años, para entender el mundo que nos propone Trump. Si bien el orden geopolítico ha cambiado desde 1996 a la fecha, el crecimiento de China el desarrollo militar de Rusia, pero hay acciones políticas y militares que se parecen a las que relataban Galeano y Cardenal en los 70 y 80, que yo descubrí en los 90.
Y quizás podamos retomar las viejas palabras pronunciadas en Punta del Este en 1961 en la sesión plenaria del CIES por parte de Ernesto Guevara sobre la Alianza para el Progreso, la propuesta de Kennedy para seducir a América Latina:
“Nosotros señores Delegados, llamamos a la Alianza para el Progreso, la alianza para nuestro progreso, la alianza pacífica para el progreso de todos. No nos oponemos a que nos dejen de lado en la repartición de los créditos, pero sí nos oponemos a que se nos deje de lado en la intervención en la vida cultural y espiritual de nuestros pueblos latinoamericanos, a los cuales pertenecemos.
Lo que nunca admitiremos es que se nos coarte nuestra libertad de comerciar y tener relaciones con todos los pueblos del mundo, y de lo que nos defenderemos con todas nuestras fuerzas es de cualquier intento de agresión extranjera, sea hecho por la potencia imperial o sea hecha por algún organismo latinoamericano que englobe el deseo de algunos de vernos liquidados”.
Deberemos volver a leer y releer viejos textos para pensar nuevamente el injerencismo norteamericano, para que el águila no sobrevuele tranquilamente sobre nuestras riquezas naturales.
*- Por Diego Citterio
Historiador. Docente e investigador universitario



