En una casa de la calle Perkins, casi al final de Junín y a unas cuadras de la estación de trenes, estaba la mejor biblioteca del pueblo. Allí acudía yo los sábados a la casa de la amiga de mi mamá, con quien ella todos los veranos salía a caminar a la noche. Los sábados después del mediodía iba a buscar los libros que semanalmente devoraba con mi avidez lectora de los 15 años. Hoy las redes sociales, la rutina, el trabajo y un montón de etcéteras me la han quitado. Antes podía llegar a leer 8 horas diarias sin inmutarme en los veranos.