No me entiendan mal, todo eso es necesario en la inmediatez de la urgencia. Nadie debiera tampoco competir en ver quién es más progre y jugar a la ruleta rusa con la vida de nuestros chicos.
Sin embargo, está claro que se trata de una crisis profunda de sentido, y nuestra única respuesta no puede ser el código penal. ¿Hasta ahí llega nomás nuestra creatividad política y ciudadana? En ese sentido, veo un problema muy grave en cómo se está encuadrando el tema, porque el marco que elegimos para mirar determina las soluciones que aplicaremos. Si decidimos encuadrar las amenazas exclusivamente como una cuestión legal, la respuesta lógica y única será judicial y policial, pero ese encuadre es parcial.
Hay otros dos encuadres que brillan por su ausencia en la agenda pública. Dimensiones que en general (no sólo en esta situación) barremos bajo la alfombra mientras discutimos si hay que poner detectores de metales en las puertas de las escuelas.
El primer encuadre es el socioeconómico. ¿Qué condiciones sociales producen a un chico que concibe la amenaza como un gesto de visibilidad? La precariedad, la pobreza, los futuros cancelados (o inciertos, en el mejor de los casos)… esa sensación de un mañana clausurado, de irrelevancia, de trabajo basura, son disparadores de una violencia que irrumpe como gesto de existencia. Pintar la pared de un baño es una forma de decir: “Mírenme, estoy acá, puedo alterar sus vidas, importo, existo”.
Ya he mencionado esto en una nota anterior, y lo sostengo porque está también en las prácticas de los jóvenes como el stunt, backfire o el pops and bangs. El chico que hace sonar la moto no sólo no le importa molestar, QUIERE molestar. Quiere que su presencia sea disruptiva, quiere que lo noten, y si llaman a la policía, mejor, porque esa es la confirmación de que fue escuchado. Varía el soporte (la música a todo volumen, la pared pintada, la moto ensordecedora) pero la operación es siempre la misma: hacerse materia invasiva en el espacio del otro.
El segundo encuadre, y quizás el que más me preocupa por formación profesional, es el cultural. ¿En qué ecosistema simbólico viven nuestros chicos? ¿Con qué formas de nombrar el sufrimiento? ¿Qué narrativas tienen a su disposición para procesar la humillación, la invisibilidad social, la rabia, el no-lugar de la adolescencia contemporánea?
Cuando se toca el tema cultural, se lo hace desde la dimensión moral de señalar con el dedo a “los videojuegos”, a “las redes sociales”, a internet. Así, el problema es meramente técnico y se solucionaría restringiendo las pantallas. Solución que, por otro lado, se le adjudica a la familia, a los padres. Y al hacerlo, se la culpabiliza: “Hay algo que es irremplazable: la conversación en casa”, dice el Jefe de Gobierno Porteño.
Todo esto es parcialmente cierto, pero también tenemos que dejar de mirar a la cultura digital con la superioridad del adulto asustado. En cierta medida, las redes, los foros, TikTok, son la plaza pública contemporánea, y tenemos que prestarles atención. Son el gran archivo de nuestra época, un termómetro de lo que nos pasa (digo NOS porque también estamos incluidos). No es un termómetro del todo preciso, pero sí nos da pistas importantes: el chico que se refugia en el humor negrísimo, en la ironía corrosiva o en comunidades digitales donde se estetiza la violencia, es porque encuentra ahí un sostén simbólico, una tribu y/o un dialecto que le dan expresión a su dolor de maneras que la familia, la escuela y la sociedad (que ésta no se haga la boluda culpando a las otras dos) ya no logran ofrecer.
Hay que escuchar (o leer) antes de condenar. ¿Les hemos dado, acaso, otras formas de acceso a la palabra? ¿Hay siquiera un vocabulario de la esperanza? ¿Manejan narrativas que les permitan saber que no están solos? En realidad, pensándolo bien, y con la mano en el corazón, ¿podríamos asegurar con certeza, los adultos, que ellos no están solos?
Y como no hay interpretación, ni lectura, ni ganas, tampoco hay propuestas activas concretas en este abordaje cultural. Y de vuelta, no voy a echarles el fardo a las escuelas (ni siquiera al monstruoso [por lo inmenso e inmanejable] Ministerio de Educación), que bastante hacen lo que pueden. Su deber debe seguir siendo, para mí, mejorar los aprendizajes. Pero nadie les está hablando a los chicos de construir otros mundos posibles; y por eso necesitamos una sacudida en nuestra forma de pensar la intervención cultural.
Cultivar humanidad es la tarea. Y para eso falta ser creativos.
Pienso, por ejemplo, en el poder salvífico de la palabra narrativa. Lo han señalado de distintas maneras Paul Ricoeur, Walter Benjamin, Jerome Bruner, Primo Levy, Martha Nussbaum, Byung-Chul Han… La clave está en ese adjetivo: “salvífico”. No quiero decir “terapéutico”, y mucho menos “consolador”. Quiero decir explícitamente que la narrativa es una posibilidad de liberación de un mal existencial y moral. ¿De qué nos salva la narrativa? De la dispersión, del sinsentido, de la incomprensión de nuestra propia vida, de la soledad.
Pienso en clubes de lectura (en los colegios a contra turno, en los centros culturales, en los centros vecinales, en los barrios, en los bares, en donde sea). Espacios de encuentro cara a cara, cuerpo a cuerpo, sin evaluaciones ni calificación, un círculo de sillas donde un cuento, un libro, sean la excusa para hablar, para conversar sobre lo insoportable, sobre las identidades rotas, sobre la rabia, sobre el asco… O sobre el miedo a no ser nadie en la vida. Pero también de otras cosas, como la ternura, la alegría pequeña, el asombro, la vergüenza, las segundas oportunidades, la amistad, la belleza, el deseo, la memoria, la esperanza…
Hoy, en Camila Sosa Villada, en Mariana Enríquez, en Samanta Schweblin, en Inés Garland, en Magalí Etchebarne… En Néstor Groppa, en Jorge Calvetti, en Libertad Demitropulos, en Alberto Alabí, en Mita Homs… En Ezequiel Villarroel, en Dan Hache Moltoni, en Matías Teruel, en Salomé Esper… En todo estos escritores, y en muchos otros (no se enoje nadie, que no es entrega de premio, sino una enumeración casi al azar), un chango puede verse reflejado o cuestionado. Puede descubrir que su angustia, esa que cree única e inenarrable y que le comprime el pecho, ya fue sentida y compartida por otros. Y que ya tiene palabras. O puede sentir que hay posibilidad de otros mundos internos y externos, empatizar con historias que no sean la suya.
Recordemos: la literatura es arte, pero también un dispositivo que nos permite habitar la experiencia y darle lenguaje. ¿Y si los adolescentes que amenazan son adolescentes a quienes les falta lenguaje (o escucha) para lo que sienten? Este fin de la narrativa lo señalan muchos autores, como decía, pero destaca especialmente Byung-Chul Han: sin un relato propio, el sujeto no puede elaborar su experiencia, sino que la acumula y la expone (la escupe). Lo que queda es la reacción pura: el grito, la amenaza, la violencia como demandas de reconocimiento.
Ya que no lo tienen en las redes, tenemos que devolverles el acceso a la narración como recurso simbólico para habitar lo que sienten. La literatura no puede ser un privilegio burgués. A riesgo de ser tremendista, creo que hoy leer literatura es un método de supervivencia, una forma de “domesticar” la experiencia al darle un lenguaje.
El silencio, el encierro, son la falta de lenguaje para la avalancha emocional que los está sepultando. Llamar la atención, romperlo todo… es la respuesta: cuando me quedo sin palabras, el cuerpo actúa.
Hay, por supuesto, otras formas de dar esta guerrilla cultural contra la era digital. Pienso en talleres de escritura libre. Pienso en el cine debate como forma de acceso a narrativas largas: y aquí es importante no caer en el puritanismo ingenuo de mostrarles solo mundos amables. También deben ver películas donde la violencia irrumpa. Eso nos da la posibilidad de discutir la crudeza del mundo y la belleza del mundo. Si les ocultamos la violencia, la consumirán igual, en solitario y sin discusión, en foros de la web. En cambio, en un entorno sensible, de mirada humana y escucha atenta, todavía es posible mediar. Pienso también en espacios de juego dramático, y en validar y fomentar el freestyle y el hip-hop como instancias narrativas. Porque el freestyle y el hip-hop son, entre otras cosas, una tecnología de encauzamiento de la violencia juvenil: dos jóvenes se humillan públicamente de manera discursiva, con argumentos sobre sus orígenes, sus aspectos físicos, sus inseguridades, pero cuando terminan, se abrazan. El golpe es puramente simbólico, y eso nos da la posibilidad de hablar de él, de explorar de dónde vienen esas “armas” discursivas que empuñan uno contra otro. Esas formas le dan a los jóvenes (como se la dieron a los afroamericanos) la posibilidad de expresar (a su modo) el conflicto social y convertirlo en expresión artística.
Estoy pensando en voz alta, pero por suerte en Jujuy tenemos docentes y artistas con formación, capacidad y empatía para acompañar subjetividades en todas y cada una de estas formas de expresión. Falta la proyección y decisión política (atreverse a volar) de dar la verdadera “batalla cultural”, que es contra la post-humanización.
Y no (aclaro), nada de esto reemplaza lo estructural. Ni un poema ni una novela solucionan la inflación, no le dan trabajo en blanco a nadie, no frenan al narcotráfico que te espera en la esquina de la escuela. El arte no borra la desigualdad económica y social.
Pero, al mismo tiempo, nada de lo estructural alcanza si no trabajamos en lo simbólico, hoy más que nunca en que la digitalización de la vida genera des-conexión social y des-vinculación emocional. No podemos abandonar a los adolescentes ni en el plano material ni en el simbólico.
De nuevo: el encuadre importa. No basta con delegarle a la policía lo que debemos reparar con imaginación y con cultura. En la era digital, el mal-estar proviene del exceso de estímulos, así como de la falta de criterios para jerarquizarlos. La acción cultural es quizás la herramienta más importante que nos va a permitir distinguir lo verdadero de lo falso, lo relevante de lo ruidoso, construir relatos propios, restaurar la capacidad de asombro que la inmediatez consume. Frente a la ansiedad de estar siempre conectados sin saber por qué, la cultura ofrece la conexión profunda con el otro y con los otros.
Y si, desde el sentido común corporativo, te cuestionan el laburo del futuro, deciles que en épocas en que la inteligencia artificial se va a hacer cargo de gran parte de las tareas técnicas, del ser humano se van a exigir “habilidades blandas” (soft skills, las llaman). ¿Cuáles son?: creatividad, comunicación, trabajo en equipo, pensamiento crítico, inteligencia emocional, resiliencia… Todo lo que te da el arte.
Nada de esto florece solo. Requiere una intervención de recursos. Requiere artistas y docentes dispuestos a enfrentar subjetividades atacadas (sí, atacadas por el capitalismo de plataformas), trabajar sobre lo vincular, poner el propio cuerpo, bancarse el maltrato y la desidia adolescente para perforar la coraza. Docentes sobre cuya espalda estaría nada menos que la presión de dar una batalla “semerendamente” desigual. Y eso también es una decisión política que alguien tiene que tomar.
Pero no estoy viendo que ninguna discusión vaya por ahí. Ni como política a largo plazo, ni como intervención en el corto… Es posible que yo esté muy equivocado, aunque sienta que el equivocado es el mundo.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



