Pero en Facebook, eso no pasó. Hubo duelo y compasión de muchos, pero también un tribunal inhumano, una legión de opinólogos dictaminando que el verdadero problema fue la imprudencia de la víctima. “No llevaba el calzado adecuado”, “a quién se le ocurre ir sin guía”, “la montaña no es para cualquiera” y un largo y triste etcétera. Todos peritos improvisados, repentinos especialistas en trekking dando consejos retroactivos a un cadáver.
¿A qué responde esta pulsión miserable?
Si esbozamos una respuesta filosófica, podríamos hablar de un pánico ontológico paralizante. Y acá quiero detenerme, porque creo que es la clave de todo esto. Nos aterra la muerte. No como abstracción, sino como posibilidad concreta, inminente, que podría alcanzarnos a nosotros, hoy. Heidegger dice que no tenemos la opción de ignorar que vamos a morir, pero sí podemos negarlo. Y la negación, en la era digital, adopta la forma del análisis retroactivo. Me explico: no hablan para educar al prójimo, hablan para exorcizar su propia muerte (cosa que es, por otra parte, imposible). Si pueden demostrar que la pobre maestra cometió un error puntual, entonces ellos se salvan; si logran identificar y aislar la falla (las zapatillas incorrectas, la hora elegida, la falta de un guía) se convencen, en un delirio narcisista muy de la sociedad de la productividad, de que la muerte es evitable. Que es un problema de gestión. De protocolo. De no haber leído bien el manual.
En nuestras sociedades, la muerte fue siendo progresivamente expulsada del espacio público, hasta convertirse en tabú. Pero ese tabú no suprimió el terror: la muerte vuelve, en la sociedad digital, travestida de debate sobre seguridad, sobre optimización, administración del riesgo.
Pero no toda muerte tiene que tener una moraleja. Capaz nos convenga aceptar que el universo es un caos (“No somos nada”, se decía en los velorios para sintetizarlo) y que nosotros somos hojas secas a merced del viento (o plumas, diría Forrest Gump).
Y si esta muerte en particular sí tuviera moraleja, podés callarte unos días y después conversarla con tus amigos, con tu familia, con el que te quiera escuchar. No en un espacio público donde hay gente de duelo. No en un lugar donde puede leerte la familia de ella. Regla básica de comportamiento y convivencia.
Ahora bien, si lo analizamos sociológicamente, la cosa es peor. Para mí, el “consejo” no solicitado sobre el cuerpo todavía caliente es un síntoma de deterioro moral. ¿En serio detenés el scrolleo frente a una noticia trágica para tipear tu consejo de sabio improvisado?
La sociedad digital (Sociedad de la Opinión, la llamo yo) nos facilita el derecho a opinar, pero impuso también LA OBLIGACIÓN DE OPINAR. Nos acostumbramos a que toda publicación en redes sea una oportunidad de posicionamiento de nuestra “marca personal” (marketing personal, le puso el sistema a esa idea de “venderse” uno mismo). Incluso frente a la muerte. Y en esa lógica, la empatía es un estorbo, porque te hace parecer sensible, pero no inteligente. Dar lecciones, en cambio, sí.
En otros tiempos (y no me refiero a una época dorada inexistente, sino simplemente a un tiempo donde el pudor no era considerado un defecto) la muerte de un vecino en circunstancias trágicas obligaba al susurro. Uno se sacaba el sombrero, bajaba la vista. Si alguien se hubiera atrevido a dar consejos de cómo no morir en medio del velorio (“y bueno, se lo buscó por no hacer las cosas bien”), esa persona quedaría desterrada por la vergüenza pública. Hoy no. Hoy premiamos con “likes” al que señala la falta de previsión de la maestra, le damos la razón, aplaudimos su perspicacia analítica. Nos fuimos al carajo.
Abro paréntesis aclaratorio: no te digo que no está bueno “aprovechar” -si es que vale esa palabra para esta situación- la ocasión para discutir algunas cuestiones de fondo. Sobre todo, las que apuntan a cuestiones estructurales, y no las que persiguen la culpabilización individual. Pero esperemos un poco, esperemos (por lo pronto) a saber más del caso, y esperemos (sobre todo) a que el dolor se calme. Digo: que la urgencia de la agenda no nos quite lo importante de lo humano.
Volviendo. ¿Estamos obligados a opinar de todo? Parece que sí. Entre los males de nuestro tiempo están la desinformación, los discursos de odio y la compulsión a la opinión ininterrumpida (que muchas veces no es odio, pero se le parece). ¿Ya no podemos vivir sin opinar? ¿Ya no sabemos existir sin emitir un juicio? ¿Ya no sabemos guardar respetuoso y empático silencio? Claro, Facebook nos pregunta cada vez: “¿Qué estás pensando?”, y como perritos pavlovianos escupimos una respuesta. Pero esa pregunta no es inocente: es el gancho de una plataforma que necesita contenido para funcionar. Somos proveedores de datos que creemos que somos ciudadanos del ágora. Sobre geopolítica, sobre virología, sobre la crianza ajena, sobre trekking… Pará la moto, frená. Aprendé a decir “no sé”, “voy a esperar”, “no me interesa opinar”, “es mejor no opinar”…
Que quede claro: no todo es culpa del narcisismo individual. Hay una arquitectura en las plataformas digitales que producen la sociedad de la opinión. El algoritmo no distingue entre una opinión empática y un consejo no solicitado; distingue entre lo que genera interacción y lo que no. El comentario polémico, el señalamiento de la víctima, generan más respuestas que el silencio respetuoso, y lo que genera más respuestas, sube. Lo que sube, se ve. Lo que se ve, se imita.
Hoy, si no castigamos, no existimos, no nos destacamos. En un mundo donde lo importante es ser visible -una sociedad vidriera- castigar a la víctima, llevarla al banquillo, te muestra auténtico, honesto, transparente. Como la cantidad de pelotudos que se refugian en el “Yo digo las cosas como son”. Salame: la falta de empatía, la falta de tacto, la des-ubicación, es agresión, no sinceridad. Humanamente, a veces es mejor guardarte tu opinión en el orto.
En este marco, nos comimos la falacia de que el silencio es hipocresía y hablar es honestidad, transparencia. Pero el silencio puede ser simplemente respeto, o lugar para pensar y reflexionar, para empatizar. El silencio no es debilidad. Ante tanto ruido, el silencio es a veces el último refugio de la cordura. Te hace humano.
Pero la maquinaria que absorbe datos nos exige la cuota diaria de opinión. Alimentar a la bestia. Reducimos a una maestra de 37 años a una moraleja barata sobre seguridad en la montaña; le robamos su identidad, su biografía, para convertirla en el cartel que señala lo que “no hay que hacer”. ¿Acaso no es ese un despojo atroz?
Bajá un cambio, leé sobre ella, sobre su vida, lo que dicen sus seres queridos, la escuela, los padres de sus alumnos. No te entusiasmes con debatir si las suelas de sus zapatillas tenían el agarre estipulado por las normas internacionales del trekking recreativo. No remplaces tu alma por el manual del usuario o el folleto de advertencia. Aprendé a dar un abrazo sin un “pero”.
Todos aprovechando para “concientizar”. Horrible palabra cuando se usa a 12 horas de una tragedia. “No lo digo por criticar, lo digo para concientizar a los futuros senderistas”. Mentira. Lo decís para escucharte hablar, porque estás enamorado de tu “voz” en redes. Pero te colgás de la muerte reciente porque ahí está el foco de atención. Es una especie de vampirismo.
En fin. ¿Cuándo abolimos el luto colectivo? Es como si la compasión nos pareciera insuficiente, ingenua, como si compadecernos de ella sin ponerle peros significara darle un cheque en blanco a la imprudencia. Pero, claro, el luto requiere lentitud, y la red exige inmediatez; el luto exige espacio vacío, y la red rellena el vacío con lo inane.
Por eso este es un elogio del silencio o, más agresivamente, de la boca cerrada. Hacemos lo mismo con el pibe al que le roban la moto (“y para qué andaba a esa hora por ese barrio”), con la mujer estafada (“hay que ser muy ilusa para creer en ese mail”), con el enfermo (“fijate cómo comía”). Opinamos, juzgamos, sentenciamos. Somos todos fiscales implacables que no perdonamos ni un tropezón.
Yo propongo un sencillo acto de rebelión: cerrar la boca. Un silencio respetuoso que le devuelva a la muerte su categoría de misterio y (sobre todo) le saque el estatus de espectáculo barato. Porque todos vamos a llegar ahí. Y me pregunto, cuando estemos ahí, en ese último segundo antes del fin, con nuestra vida pasándonos por delante de los ojos… ¿nos gustaría que un enjambre de desconocidos busque la falla técnica que justifique nuestro desastre? ¿Quisiéramos ser el ejemplo aleccionador en el muro de algún estúpido?
Yo no. Yo quiero lo mismo que le deseo a la maestra. Que los que nos conocieron lloren nuestra ausencia, y nos recuerden en nuestras mejores versiones. Y que los demás, los que miran desde afuera, tengan la decencia, la humanidad de meterse su opinión en el bolsillo y dejarnos descansar en paz. Silencio. Nada más. Es todo lo que pido. Es todo lo que merecemos. Es todo lo que ella merece.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



