La mentira más reconfortante que nos contamos en los pueblos chicos es que aquí “nunca pasa nada”. Es un refugio. Nos convencemos de que los monstruos habitan únicamente en las metrópolis, en los noticieros, en un país que se desangra lejos, allá, en el conurbano o en las villas. Pero no en nuestras escuelas. No entre nuestros pibes.

Falso. Todo falso.

El instrumento de la masacre fue un arma de “defensa”, una escopeta herencia de un abuelo, guardada presuntamente para proteger el hogar de amenazas externas. Nos blindamos contra el ladrón que salta la medianera, contra el intruso imaginario de la madrugada, pero somos incapaces de ver el abismo sentado en la mesa del desayuno con nosotros, masticando galletitas con la mirada perdida. La normalidad es un velo muy potente. “¡Sorpresa!”. Un adolescente más estaba transitando la frontera invisible que separa a un muchacho roto de un acto irreparable. Y nadie lo vio.

Trabajo con el análisis de las palabras. Me inquieta la elección de ese grito. ¿Por qué? Porque no es un reclamo, no es un grito de venganza, no es un manifiesto, no es un insulto al mundo entero… No es nada de eso. Sólo dijo “¡Sorpresa!”, como si se tratara de una broma, para internet, como la simulación de un pelotón de fusilamiento que quería hacerse viral.

Sigo pensando en esa elección. Hay en esa forma de anunciar una masacre un profundo nivel de desapego respecto de la realidad. Me pregunto: ¿hubo una puesta en escena? ¿Un clímax teatral para un público que él mismo iba a masacrar?

Inmediatamente buscamos el bullying escolar, la separación de los padres, como causas subyacentes que nos permitan comprender el hecho. Pero, ¿y si es también (ya que nunca es una sola causa) la expresión de una generación que aprendió a procesar el mundo como si fuera contenido? Quiero decir, como algo que se produce, se sube y se consume… o no existe. Una forma de existir en un mundo que sólo parece real cuando tiene audiencia. La visibilidad como forma suprema de existencia: no importa lo que hacés, no importa lo que sentí, lo que importa es que se vea. El dolor propio, el dolor ajeno, la muerte, la masacre, todo cabe en un formato para mostrar.

“¡Sorpresa!” es decir: “este video merecerá ser visto, ya que nadie pudo verme de verdad”.

Cuando la policía lo subió al patrullero, dicen que seguía con la mirada extraviada, repitiendo que no sabía lo que había pasado. No me interesa el diagnóstico, sino la pregunta que lo antecede: ¿cómo se llega hasta ahí?

Sus compañeros lo describen como un chico callado, buen alumno. Pero había señales. Siempre hay señales.

El chico se había cortado los brazos. El padre lo había visto y se había sentido “preocupado”. Pero nadie encendió una alarma. La pregunta es: ¿qué necesitamos hoy para detenernos (como sociedad, como escuela, como familia)? ¿Qué señales? O mejor el “siga, siga”, la continuidad del juego de evasión.

Total, mientras apruebe lengua y matemáticas, y no rompa los vidrios del colegio, todo está en orden. El sistema también se lava las manos: “El agresor no registra antecedentes en el sistema educativo”. Claro, si no hay anotaciones en el cuaderno de disciplina, el chico está sano. Miopía social (¿selectiva?).

Después, claro, nos escandalizamos todos, nos preocupamos, y ponemos en juego nuestra mejor retórica del dolor. Analizamos los efectos de las tecnologías, las familias desarmadas, los adolescentes solitarios, el desfinanciamiento de programas de prevención, etc., etc., etc. Durará unos días. Luego, a la rutina, una vez más, hasta que suceda otro hecho como este. Me incluyo, por si hiciera falta aclararlo.

No busco respuestas. Quiero pensar mejor si todavía tenemos la capacidad colectiva de mirar al otro, o si ya es demasiado tarde, si ya construimos una sociedad de individuos tan alienados, que un chico de 15 años puede lastimarse los brazos sin que nadie intervenga.

Nos miro en el espejo astillado y no nos reconozco. “¡Sorpresa!”, nos grita la tragedia, una vez más. Y la pregunta no es si va a volver a ocurrir, porque ocurrirá. La pregunta es qué vamos a hacer distinto mañana, cuando pase el temblor. Qué vamos a hacer mañana en el desayuno, en el aula. Qué vamos a hacer con ese hijo que aprueba todo, pero tiene el alma marcada. Ese que está ahí, esperando que alguien, por fin, lo vea.

*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario