No voy a caer en tu trampa. La trampa de creer que el horror es una cuestión de números.
Me parece obvio, pero te lo tengo que decir, por si acaso, que el Estado, cuando decide volverse asesino, no emite facturas ni sube la información a un servidor en la nube la lista de aquellos a los que arroja desde un avión, sedados y desnudos, a las aguas del Río de la Plata. El terrorismo de Estado es, por definición, el abandono de los registros. Es la entronización de la sombra.
Ya Videla lo dijo, con esa cara desprovista de cualquier rasgo de humanidad: “No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos”. Con esa frase creó un agujero negro, una categoría del no-ser. Ni siquiera un número.
Un número que podríamos pensar, por ejemplo, como un fantasma en sí mismo. Las estimaciones de las Madres, de las Abuelas, de los organismos internacionales en plena dictadura se hicieron en la niebla. Veían llevarse a sus hijos en Córdoba, en Rosario, en Tucumán, en todo el país. Iban a las comisarías y les decían “acá no está”. Iban a los hospitales, “acá no está”. Iban a las morgues, “acá no está”.
Exigirle precisión matemática a la maquinaria estatal diseñada específicamente para borrar toda huella material y jurídica de sus víctimas es un acto de una estupidez prodigiosa.
Y exigirle precisión matemática a las víctimas (¡a las víctimas, que ELLOS prueben el número!!!), es de una perversidad malintencionada.
Por supuesto que la historia necesita datos precisos. Y ya historiadores, organizaciones, arqueólogos, llevan años en la noble y titánica tarea de desenterrar archivo por archivo, acta por acta, testimonio por testimonio, cadáver por cadáver… Lo están haciendo, y lo están haciendo muy bien. Ese es el camino de la verdad material.
Pero nuestro camino, el de la sociedad en su conjunto, va por otro lado, el de la verdad simbólica. ¿En serio vamos a discutir en un Excel la tragedia y el asesinato?
Pero ponele, te concedo, no son 30 mil. Para vos, ¿cuál es un número aceptable de desaparecidos?, ¿cuántos cuerpos al mar le permitimos tirar a un gobierno antes de llamarle dictatorial, autoritario y/o asesino? Dale, decime: ¿mil?, ¿diez mil?, ¿veintinueve mil novecientos noventa y nueve? ¿Cuál es el límite? ¿Cuál es TU límite? ¿En serio vas a discutir el número para no reconocer que te ponés de lado de los asesinos? O que en tu tibieza te lavás las manos como Poncio Pilatos porque “fue una guerra entre dos bandos”. Sí, dale, jodeme. ¡Cobarde!!!
¿Cuántos hombres torturados… cuántas mujeres violadas… cuántos bebés raptados, robados, alejados de sus familias y repartidos como regalo son el límite? ¿Cuántos chicos (sí, les llamo chicos para no olvidarme nunca de que los robaron de bebés) que rozan los 50, como yo, como vos, y que no han sabido nunca quiénes son sus padres y sus abuelos? No sé, decime vos que discutís el número.
Decime vos que te conmovés con “El cuento de la criada” pero nunca viste (ceguera selectiva, le llaman) que está inspirada en lo que pasó en Argentina. No querés ver, no querés escuchar, porque preferís tener razón a conmoverte.
Decime, dale, ¿cuánto es un número que podemos considerar “aceptable” de muertos, desaparecidos, violadas, raptados? ¿En qué momento te volviste tan miserable que discutís la cifra para medir si la indignación está justificada?
No voy a discutir las cifras. En primer lugar, porque otros ya lo han hecho mejor (basta con guglear). Y segundo, porque me parece que no da: el número no legitima la barbarie, no relativiza el condenable hecho histórico, ni debiera aminorar tu empatía ni tu reprobación al terrorismo de Estado. ¿Terminás justificando lo injustificable porque sentís que esa no es la cifra verdadera? Permitime un consejo: andate a cagar.
Este absurdo debate expone tu miseria. Tu insistencia en la exactitud numérica, en reducir la tragedia a una contienda estadística, es una forma apenas un poquito más refinada de crueldad. Lo siento, para mí el exterminio no se mide en kilos de carne muerta. Un Estado que secuestra, tortura y mata a cien ciudadanos (o a uno) en secreto, ya cruza el límite moral y constitucional. La cantidad no altera en nada la naturaleza delictiva e inhumana del acto.
Es inhumano. Y, como dije, es falso. Sos un careta que discute números porque en el fondo piensa que está bien matar zurdos, progres, peronchos… gente, personas, seres humanos. En el fondo pensás que esos bebés están mejor con las familias con las que están. Pero discutís números, porque no te animás a decir que está bien robarles bebés a los zurdos para entregarlos a la “gente bien”, bajo una retórica de “salvación moral”. En el mundo real, no en un cuento, estás del lado de “los Comandantes” y “las Esposas”, pero muy lejos de “las Criadas”, de “las Marthas”, de “las Jezabeles” y (mucho más aún) de “las No-mujeres”.
Me niego a reconciliarme con vos en ese sentido. Repudio que, excusándote en supuestos negociados, intereses o no sé qué excusa más, lo que en realidad pretendés es barrer los crímenes de la dictadura debajo de la alfombra de la historia.
Y me niego a reconciliarme porque es inhumano… El límite es tu falta de humanidad, tu justificación de los asesinatos porque los asesinados eran zurdos, idealistas, guerrilleros, delegados sindicales, estudiantes de filosofía, monjas, catequistas, rockeros… o ponían la música demasiado alta en el edificio.
¿Si en lugar de treinta mil, fueron menos, sería mejor? ¿El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia no tendría que existir? ¿Celebraríamos, entonces, cada 24 de marzo el Día Nacional de la Convivencia Fraternal? ¿Tendríamos, entonces, que estar orgullosos de nuestra moderación asesina? ¿Ese día, el Día Nacional de la Convivencia Fraternal, el ritual sería darnos palmaditas en la espalda mientras nos decimos, conformes con nosotros mismos: “Uf, menos mal, no llegamos a 30 mil”? No sé, decime vos. Cuantificame tu crueldad.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



