Digo esto, porque lo de Manuel Adorni diciendo que viajó a Nueva York a “deslomarse” es pegarse un tiro en el pie sin ayuda de nadie.
En esta Argentina de memorias cortas, las palabras pierden valor. “Libertad” es, sin duda, la más malversada y abusada. Está tan prostituida, que estos cafiolos del lenguaje la usan para cerrar fábricas, para ajustar y apalear jubilados, para decirle a un pibe que está solo en la vida, que se las arregle como pueda. Eso es la “libertad”.
Y luego está “casta”. Mi favorita. Porque “casta” es nada y todo, un comodín, un “significante vacío” diría Laclau. “Casta” no identifica a nadie en concreto y, por eso mismo, puede identificar a cualquiera. Casta puede ser el que vive de la política hace décadas, el empresario que vive de negociados con el Estado,… o puede ser el empleado público, el jubilado, el discapacitado… Si no, mirala a Bullrich: con ese apellido y 40 años siendo funcionaria de algún gobierno, hablando de casta, parece un chiste. “Casta” es el enemigo perfecto: siempre es el otro, nunca el que habla. Mientras, el que señala a la casta se coloca automáticamente del lado del pueblo, aunque después viaje en avión oficial (o uno privado ¿prestado?) con toda la familia.
Hasta ahí, todo bajo control. El relato se sostiene. Pero entonces llega Adorni y dice “deslomarse”. Ahí es cuando el castillo de naipes hipócrita empieza a temblar. Porque “deslomarse” no es una palabra cualquiera. No es una palabra vacía. “Deslomarse” tiene historia. Tiene clase social. “Soy laburante… lo que como me lo gano con el lomo”, dice la canción.
La palabra tiene peso propio. Tiene mugre en las uñas, tiene callos en las manos, tiene espaldas torcidas. Espaldas torcidas por cargar ladrillos y bolsas de cemento; por una mochila de Rappi y conducir una moto doce horas para hacer dos mangos; por llevar útiles, cartulinas y cuadernos de alumnos que hay que corregir; por estar todo el día sentado en un auto esperando pasajeros; por manejar un camión de dos acoplados en la ruta; por hacer triple turno en un hospital cuidando personas…
“Deslomarse” es el verbo del que no tiene más remedio que poner el cuerpo.
Deslomarse es la realidad insoslayable de millones que, bajo la lluvia, el sol, la crisis económica, entregan su fuerza (y su vida) al engranaje de un país que les devuelve a cambio sólo un desdén estructural. Había un acuerdo que hoy está hecho pedazos: yo entrego mi lomo, pero gano sustento para mí y mi familia. Pero hoy, poniendo el lomo todo el día ya ni siquiera me gano lo que como.
Deslomarse, no es para el vocero ministro, autoproclamado defensor de la motosierra y la austeridad (para los demás, claro). Deslomarse no es viajar en avión presidencial con tu esposa.
No te digo que no haya trabajado. No te digo que no haya tenido reuniones. Pero, hermano, ¿”deslomarse”? ¿No será mucho? El uso mismo de la palabra menosprecia el esfuerzo de millones, muchos de ellos votantes suyos, que realmente se desgarran las carnes y las almas día a día. Es de un desinterés monumental por el otro. Es falta total de empatía (bah, lo que vienen demostrando hace dos años, con los viejos, con los discapacitados, con los niños, con los médicos… ahora con todos los laburantes, en general).
Pero la propia palabra, al ser pronunciada, se da vuelta y lo señala. Porque en su eco suena el cansancio de esos millones que sí, que realmente, que de verdad, se desloman. Que no viajan en avión oficial, sino en uno o dos bondis bien de madrugada. Que no tienen viáticos pagos. Que no llevan a su pareja de primera clase mientras justifican el ajuste. Que creen (en serio) que a la Argentina se la saca trabajando.
Adorni y su jefe construyeron su efímera pero triunfal épica sobre un discurso furioso contra el despilfarro, pero están cada vez más embarrados por la obscenidad de patinarse la guita del Estado en privilegios de alcoba. Con la tuya, contribuyente.
Pero el tipo, sin quererlo, abrió una ventana y mostró lo que hay adentro. Mostró que para ellos, el mundo es otro. Qué viven lejos, muy lejos de la gente. Que el lenguaje popular es un disfraz que se ponen cuando les conviene, como los políticos que se sacan fotos en el bondi, o pidiendo un coquito (gratis, encima) en una panadería.
A veces, las principales figuras políticas argentinas (de todos los partidos, con muy pocas excepciones) me recuerdan cada vez más a la distancia respecto del pueblo que tenía la monarquía en los tiempos previos a la revolución francesa. No vaya a ser que…
Pero volviendo al aspecto lingüístico, quisieron cometer otro crimen semiótico contra “deslomarse”, como ya lo hicieron con “libertad” y con “casta”, para vaciarla de su contenido. Pero la palabra se resiste. No se deja domesticar. La palabra elegida por el funcionario para humanizarse, para mimetizarse con el pueblo sufriente, produce el efecto exactamente opuesto: lo retrata como lo que es, un acomodado del discurso que juega a ser proletario mientras viaja y se hospeda en primera clase.
Igual o más que el hecho mismo, esa expresión es lo que no le perdona la andanada de memes en todas las redes sociales, los que se hicieron virales en estos días. No le perdonan que use su palabra y se apropie así de un sufrimiento o de un esfuerzo que no son suyos.
Porque mientras Adorni se “desloma” en Nueva York, acá abajo, en la tierras de los comunes, hay jubilados que parten las pastillas por la mitad porque no llegan a fin de mes. Y hay casi un 80% de los laburantes en blanco (ni hablemos de los otros) que está comiendo poco o mal… o poco Y mal. Lo dice la UCA (que claramente no es kuka).
Pero ¿quién se compadece del laburante? ¿Quién le da un respiro? ¿Quién le da una ayuda para que el sábado o el domingo pueda hacer un asadito y sentirse que el lomo (su lomo) le duele menos?
Pero el tipo dice “deslomarse”. Y encima viajó con la mujer. Y encima lo pagamos todos. Enojate, hermano: “Deslomado” con la nuestra.

En fin, hay palabras que tienen memoria. Palabras que, cuando las usa el que no debe, se convierten en un boomerang. Vuelven y te pegan en la nuca. El discurso no es sólo lo que se dice, sino quién puede decirlo y desde dónde.
Hay algo casi poético en todo esto. La idea de que el lenguaje, ese animal vivo y escurridizo que nos habita, termine convirtiéndose en la soga con la que los hipócritas se ahorcan sin quererlo. Que una palabra, una sola palabra, tenga la potencia de desnudar todo un sistema de privilegios.
Porque al final, de eso se trata. De que dijeron una cosa e hicieron otra. Prometieron sacrificio y se dieron la gran vida. Hablaron de casta y resultaron ser la casta más cara, más cínica, más obscena que tuvimos en cinco décadas. Hablaron de corrupción y se quedan con el 3% de los discapacitados, y viajan en aviones privados pagados vaya a saber por quién (¿los narcos?, ¿los servicios de inteligencia de otros países?, ¿los empresarios amigos?, toda gente muy desinteresada que da regalitos porque sí).
En el medio, hay un país que se desloma de verdad, que se rompe el lomo todos los días para pagarles los viajes, los sueldos, los “coach ontológicos” y las fotitos con Trump.
Uno se pregunta, a veces, si se dan cuenta. Si en algún momento, en la soledad de su suite neoyorquina, Adorni habrá pensado: “Che, creo que la pifié”. Si habrá sentido el peso de la palabra, el eco de todos los lomos rotos que invocó sin derecho. Pero no. Seguro que no. Seguro que ya están pensando en la próxima frase, en el próximo eslogan, en la próxima palabra para vaciar. Porque así funciona esto: siempre hay una palabra nueva para tapar el agujero que dejó la anterior.
El problema es que el agujero es cada vez más grande.
Y las palabras, cada vez duran menos.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



