El hilo en cuestión, comienza con un post que intenta arrojar luz sobre un concepto que, en pleno 2026, debería ser tan evidente como la ley de la gravedad: el consentimiento. Sin embargo, al hacer scroll me encontré con debate que parece más una guerra civil, una carnicería ideológica donde se mezclan la biología barata, el resentimiento de la soledad masculina y una pseudo-psicología cargada de moralina.
El texto original clama por la libertad de detenerse en cualquier momento (el derecho a decir “no” aunque la maquinaria ya esté en marcha, aunque ya estén besándose semidesnudos en una habitación, si algo no te gusta, no te cierra o te sentís mal). La premisa es sencilla: el consentimiento no es un contrato firmado para siempre al inicio de la noche, sino un organismo vivo y que, por lo tanto, puede morir en cualquier segundo, como puede morir el deseo. Hay un “presente vivo” del consentimiento: un “Sí” a las 10:00 puede convertirse (por las razones que fuere) en un “No” a las 10:15, incluso si la ropa ya está en el suelo.
¡Qué difícil resulta digerir esto para muchos!
Empecemos por las metáforas más gastadas: “No prendás el termotanque si no te vas a bañar”, o su variante “no calentés la pava si no vas a tomar mate”. La metáfora mecánica pone al hombre como un robot que no controla su encendido (lo hace ella) y tampoco su apagado. Una vez encendida, la máquina debe cumplir su función. La mujer, mientras tanto, es el interruptor, pero un interruptor que puede encender pero no apagar. Las metáforas del “termotanque” y la “pava” reducen el deseo erótico a una simple cuestión termodinámica: si hay calor, debe haber liberación de energía. Impedir esa “liberación” (por los motivos que fuera) se percibe como una falla mecánica, una estafa perpetrada por la mujer y, en última instancia, la negación de un derecho que le asistiría al varón por el solo hecho de que “ya ha sido calentado”.
Entonces, la mujer es tildada de “histérica”, “calientapava” o, más vulgarmente, “calientap…”. Detrás de estos adjetivos está la idea de que la mujer lo hace planificadamente: acepta una cita, calienta al hombre, para luego decirle que no y dejarlo con el motor en marcha pero la palanca en punto muerto.
¿Cuáles serían las razones para hacer eso, según estos comentarios?
Primero, mera hijaputez, un fin lúdico en el que la mujer juega con el varón, le muestra su debilidad y, al mismo tiempo, el poder que ella tiene sobre él. Poder que reside, obviamente, en su cuerpo y perversidad. Milenios llevamos con este imaginario de la femme fatal, y parece que no avanzamos ni un poquito.
La segunda razón posible para ese actuar femenino con premeditación y alevosía, sería el “interés”. De allí el mote de “interesada”, materialista, calculadora, trepadora (cuando el interés es social o simbólico) o, en su expresión más encumbrada: cazafortunas. Lo que nos lleva a que la visión mecanicista del sexo se acompaña de la visión mercantilista. Muchos comentarios de hombres indignados hablan de cenas pagadas, de traslados, de “inversión”. Lógica pura de mercado: si yo invierto tiempo, dinero e “ilusión”, ella me debe un retorno de inversión. El cuerpo de la mujer se convierte en máquina expendedora: si insertas suficientes monedas de amabilidad y un plato de comida (una milanesa con papas, por ejemplo), debe devolverte sexo. Si no lo hace, ¿golpeas a la máquina para que libere el “producto” bajo presión?
Una vez más, a riesgo de ser repetitivos, podemos decir que la lógica mercantilista ha colonizado hasta los rincones más privados de nuestra existencia. Ya no hay encuentro, hay transacción. Y en esta transacción, detenerse a mitad de camino, decir “no” cuando ya hubo un beso o una caricia, o una cena, se interpreta como incumplimiento de contrato. “¿Para qué iniciar algo que no vas a terminar?”, preguntan, como si el sexo fuera una tarea administrativa, un formulario que hay que rellenar sí o sí hasta la última casilla.
O también, un terreno que comprar. Hay comentarios en los que se compara el hecho de estar en una habitación ya con firmar un contrato de hipoteca o comprar una propiedad. “El límite es antes de firmar”, dice uno. El consentimiento es un peaje: se dice una vez, y una vez que cruzas la barrera, tenés tránsito libre.
Pero el sexo no es un objeto que se adquiere, sino una experiencia que se habita. Y como toda experiencia compartida, requiere sintonía constante. Si en medio del acto algo duele, incomoda, o el deseo se evapora (porque sí, el deseo es volátil), parar no debería ser un acto de traición, sino de cuidado. Y olvidan (probablemente nunca supieron) que el erotismo anida precisamente en la incertidumbre, que uno puede caminar por el borde del abismo sin tener la obligación de saltar.
Pero si el argumento económico es algo deprimente, ni hablemos del argumento “biológico”. Aparecen los hombres blandiendo la testosterona como si fuera una licencia para matar. Su argumento, repetido hasta la náusea por otros, es que el hombre tiene una libido incontenible, una urgencia que una vez activada (y se activa muy fácil) no puede frenarse. Amigo, la testosterona no es una posesión demoníaca.
Lo que estos señores dicen, claramente y sin tapujos, es que son incapaces de controlarse. Muy parecidos a los que culpan de las violaciones a las chicas que salen con minifalda. “Si salís vestida así, después no te quejés”. Esto nos dice que, evolutivamente, los hombres estaríamos más cerca del mandril que del ser humano racional que suponíamos ser. Y lo peor, no lo perciben como autohumillación. Al revés, esa “animalidad” es lo que nos hace presumir de ser el “sexo fuerte”, pero tan débiles a la vez que ante un “no” en la cama, somos impotentes víctimas de nuestra química corporal.
Imposible explicarle a un mono, que el deseo es una construcción cultural. Es inútil. La ciencia rebota contra el muro de sus creencias porque la biología, para ellos, no es una disciplina científica, sino una excusa. Necesitan autoconvencerse de que su deseo es una fuerza de la naturaleza, un tsunami imparable, porque la alternativa sería asumir la responsabilidad de sus actos. Si la violación o la coerción son “naturales”, entonces no son culpables. Son solo... hombres.
En ese punto, el discurso se vuelve culturalmente relevante. Si aceptamos que el hombre es una bestia esclava de su constitución biológica, habría dos soluciones consecuentes: la primera, encerar al hombre en una jaula, como se encierra a cualquier fiera; la segunda, enseñarles a las mujeres a no salir, a no mostrar, a no “provocar”, para que la fiera no se despierte.
Adiviná cuál es la solución que ha adoptado nuestra sociedad desde hace siglos…
Y esto nos lleva a preguntarnos qué hacemos. Si ese es el estado de situación, como dice una madre en los comentarios, ¿les decimos a las chicas que “no se metan en algo de lo cual no saben si van a poder salir”? Este consejo propone una “mirada realista” (el mundo es lo que es) y “protección” (“te saqué para cuidarte”, diría un viejo DT). “Aprender a prevenir, para no llorar”, dice un comentario. Así llama (llorar) al trauma de la coerción sexual.
Al mismo tiempo, valida la cultura de la violación. Le estamos diciendo a las chicas de nuestra sociedad que el mundo es un lugar peligroso donde no podemos (¿no queremos?) controlar a los hombres y entonces ellos se comportan como depredadores naturales y, en última instancia, que la responsabilidad de no ser devorada recae en la presa. Si te violan porque coqueteaste, la culpa es tuya por no haber calculado el riesgo.
¿Eso que llaman el “mundo real” no es, acaso, el status quo patriarcal? ¿Nuestro trabajo (lejos de solucionar nada) es adaptar a las mujeres para su propia opresión? Me lo pregunto incluso como padre. Cuidando, protegiendo, ¿no nos convertimos en guardianes del sistema que las culpa de sus propias heridas, de una sociedad que prefiere enseñar a las mujeres a tener miedo antes que enseñar a los hombres a tener respeto?

Volvamos al término que obsesiona a los comentaristas masculinos: la “calientap…”.
Es que la justificación biológica se fundamenta en la fisiología: “Me dejaste con las ganas”, “me duele físicamente”, “los testículos se me pusieron azules”… Pobre gente, la incomodidad de una erección no resuelta se pone en la balanza contra la violación, contra el sexo no deseado, contra el trauma de ser penetrada sin ganas.
Es el solipsismo del pene. Si tanto te pesa ese dolor, hermano, cualquier adulto funcional sabe, desde su adolescencia, autogestionarse una descarga. Y listo.
¿No será eso lo que aterra tanto al hombre, tal vez no sea la frustración sexual per se; sino la pérdida de control, el enterarse que su deseo no es una orden; que si él quiere, ella puede no querer? ¿Qué es, en realidad, una “calientap…”? Si despojamos la palabra de su carga misógina, es una mujer que ejerce su libertad, una mujer que se permite desear, jugar, seducir, y que se reserva el derecho soberano de detenerse cuando le dé la gana (o cuando el deseo se apagó, o cuando no la está pasando bien).
Pero en su sentido misógino, las etiquetas de “calientap…” o “histérica” son mecanismos de disciplinamiento. Sirven para estigmatizar y castigar a la mujer que se atreve a gestionar su propio cuerpo fuera de los deseos del hombre. “Si no vas a coger, no coquetees”, dice un comentario. O sea, no hay término medio, no hay espacio para la ambigüedad, para el juego, para la duda. El bruto quiere el menú fijo, sin sorpresas.
Por otra parte, como bien señala una mujer en el hilo, existen prácticas equivalentes para los hombres, pero sin el peso social punitivo. El “ilusionador” o “manipulador”, el que promete amor para conseguir sexo y luego desaparece (ghosting), es cierto que es parcialmente juzgado por su manipulación emocional y falta de responsabilidad afectiva, pero con mucha menos virulencia que con la ilusionista femenina.
No hemos superado la lógica del viejo postulado: “hombre con muchas minas, macho; mina con muchos hombres, puta”. La mujer que se retira antes del coito es una estafadora; el hombre que se retira después del coito es un conquistador. La asimetría continúa.
Pero no todo es oscuridad. Entre la inmundicia de muchos comentarios, brillan voces lúcidas, tanto de mujeres como de hombres. Hombres que dicen “si ella para, yo paro y me hago una paja, no es tan difícil”.
En cualquier caso, las cadenas de comentarios suelen ser microcosmos exacerbados de nuestra sociedad. Estamos ante una reacción violenta. El feminismo ha puesto sobre la mesa conceptos que hacen temblar los cimientos de la identidad masculina tradicional, nos hace repensar(nos), aunque la respuesta muchas veces es un atrincheramiento en la victimización.
Siento, al leer a estos hombres, también, que seguimos siendo incapaces de ver al sistema y por tanto culpabilizamos a las mujeres. ¿Qué educación nos lleva a vivir la sexualidad como una guerra de conquistas y rendiciones? ¿Qué abandono social tan inmenso nos hace creer que una cena paga habilita el derecho de uso y abuso del cuerpo ajeno? ¿Qué auto-representación hemos formulado para creer que las ganas y la libertad son sólo nuestras?
Ellas, por su parte, nos recuerdan que el fuego también es suyo, el agua también es suya, y que tomarán el mate cuando les dé la gana. O no lo tomarán. La libertad también es eso: el derecho a la incoherencia, al cambio de rumbo, a la propiedad absoluta del “No”.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



