La reforma laboral vuelve a ocupar la agenda mediática. El escenario es tan tenso que la CGT convocó a un paro general -sin movilización- en respuesta a un proyecto que el gobierno define como “modernización”. En paralelo, la empresa FATE anunció el despido de 920 operarios en su planta de San Fernando, argumentando que la política de importaciones la deja en desventaja frente a los neumáticos chinos.

En redes sociales se multiplican videos breves y opiniones polarizadas. El debate público oscila entre la defensa de la competitividad y la denuncia de la precarización. Pero más allá de la discusión técnica, lo que se juega es una pregunta más profunda: ¿cómo se forma hoy la conciencia de clase?

Habla aquí alguien que trabaja en el Estado. Soy técnico en el Conicet y docente universitario. Mi salario universitario no supera la línea de indigencia. Lo paradójico es que algunos de mis estudiantes militan el mismo modelo que impulsa el ajuste salarial y la desfinanciación universitaria. Son hijos de trabajadores. Viven, con matices, las mismas condiciones materiales que yo. Sin embargo, adhieren a un discurso que erosiona esas condiciones.

Edward Palmer Thompson escribió en La formación de la clase obrera en Inglaterra: “La experiencia de clase está ampliamente determinada por las relaciones de producción en las que los hombres nacen, o en las que entran de manera involuntaria. La conciencia de clase es la forma en que se expresan estas experiencias en términos culturales: encarnadas en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales. Si bien la experiencia aparece como algo determinado, la conciencia de clase no lo está”.

La clave está allí. La experiencia es compartida; la conciencia no necesariamente. La experiencia se construye en lo colectivo: en el taller, en el aula, en el tren que lleva al trabajo, en la sala de profesores, en la cocina donde se almuerza. Pero el capitalismo contemporáneo -de plataformas, aplicaciones y algoritmos- fragmenta esos espacios. El joven que pedalea 12 horas para sobrevivir no se piensa junto a otros repartidores, sino contra ellos. La competencia reemplaza a la solidaridad; el emprendimiento individual suplanta la pertenencia común.

Se consolida así una experiencia atomizada. Los iguales dejan de percibirse como tales y pasan a ser rivales en una carrera desigual. La narrativa del mérito personal desactiva la posibilidad de una lectura estructural.

En ese contexto, no deja de resultar inquietante que quienes sostienen con su trabajo el funcionamiento cotidiano del país militen proyectos que concentran poder y riqueza en sectores ya privilegiados. Karl Marx lo formuló con crudeza en el Manifiesto Comunista: “La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de las luchas de clases”.

Tal vez hoy estemos ante una fase de individualismo exacerbado -algunos lo llaman nuevo capitalismo, otros tecno-feudalismo- donde la experiencia común no logra traducirse en conciencia compartida. Sin embargo, si algo enseña la historia es que las identidades colectivas no desaparecen: se transforman.

Quizá la tarea consista en volver a mirar hacia las historias obreras, hacia las narrativas desde abajo, para reconstruir una experiencia común que hoy parece disuelta en la anestesia digital y en discursos que prometen libertad mientras erosionan la igualdad.

*- Por Diego Citterio
Historiador. Docente e investigador universitario