Hoy ese escenario empezó a cambiar. Agosto encuentra al peronismo nuevamente en movimiento. La militancia volvió a ocupar la sede partidaria de avenida 19 de Abril, reaparecieron las reuniones, los llamados cruzados, la "rosca" y la expectativa propia de toda elección interna. Después de mucho tiempo, el PJ volvió a hacer política puertas adentro.

El próximo 30 de agosto esa etapa comenzará a quedar atrás. Después de casi tres años, el Partido Justicialista volverá a definir su conducción mediante el voto de sus afiliados, recuperando una institucionalidad que nunca debió perder y dejando atrás una etapa marcada por intervenciones, decisiones judiciales y acuerdos de cúpula.

Sin embargo, antes de llegar a esa fecha todavía quedan días decisivos. Este lunes 3 de agosto por la tarde se conocerá la integración de las listas presentadas, el viernes vencerá el plazo para tachas, observaciones y sustituciones, mientras que el sábado la Junta Electoral deberá oficializar definitivamente a quienes competirán en las urnas. Incluso, aunque todo indica que habrá internas, las conversaciones para alcanzar algún tipo de acuerdo siguen abiertas y nadie se anima a descartarlas completamente.

Ese dato ya representa una buena noticia para el justicialismo. Las internas no debilitan a un partido; por el contrario, suelen fortalecerlo cuando permiten ordenar liderazgos y legitimar conducciones. Lo que verdaderamente desgasta a una fuerza política es permanecer inmóvil, atrapada en conflictos interminables sin ofrecer un mecanismo para resolverlos.

Durante semanas hubo reuniones reservadas, conversaciones entre dirigentes y gestiones desde distintos sectores para intentar construir una lista de unidad. Carolina Moisés incluso decidió resignar su candidatura a la presidencia partidaria para impulsar a Carlos De Aparici como una figura capaz de ampliar consensos. Del otro lado, Rubén Rivarola mantuvo firme su postulación respaldado por la mayor parte de la estructura histórica del peronismo. Paralelamente apareció una tercera expresión encabezada por Alfredo "Chiwi" Martínez, que también busca representar a un sector de la militancia. Ninguno de esos movimientos alcanzó para sintetizar una propuesta común y, salvo un acuerdo de último momento, el PJ volverá a dirimir sus diferencias en las urnas.

Hasta ahora, la disputa principal quedó planteada entre la Lista Celeste y Blanca, encabezada por Rivarola, y Generación Valiente, que impulsa a De Aparici con el respaldo político de la senadora nacional Carolina Moisés. Ambas concentraron la mayor parte de la dirigencia, la estructura territorial y los avales reunidos durante el cierre de listas.

Rivarola consiguió reunir detrás de su candidatura a dirigentes identificados con el exgobernador Eduardo Fellner, el diputado nacional Guillermo Snopek, el histórico referente Guillermo Jenefes, buena parte del kirchnerismo provincial con Leila Chaher, organizaciones sindicales y sociales, y numerosos referentes del interior. Su espacio presentó más de 8.000 avales, alrededor de tres mil por encima del mínimo exigido por la Junta Electoral, una demostración de que conserva un importante nivel de organización política.

Del otro lado, Generación Valiente decidió apostar por una renovación de nombres y de conducción. La lista informó haber reunido 9.900 avales y presentó 716 candidatos distribuidos entre el Consejo Provincial, el Congreso Provincial y el Congreso Nacional del Partido Justicialista. Entre quienes acompañan a De Aparici aparecen dirigentes como Mario Vega, Sergio Juárez, Julio Moisés, Silvina Villada, Javier Rodríguez, Daniel Ávalos, Gustavo Oropeza y referentes de prácticamente todos los departamentos de la provincia.

La tercera propuesta corresponde al espacio Fuerza y Militancia, que impulsa a Alfredo "Chiwi" Martínez acompañado por Juan Velarde, Juan Carlos Martínez -referente de UTHGRA-, y otros dirigentes que reivindican una mayor participación de la militancia en la conducción partidaria. Aunque hoy aparece con menor estructura que las otras dos listas, también forma parte del proceso de normalización y busca abrir un espacio para quienes consideran que las bases deben recuperar protagonismo dentro del justicialismo.

No obstante, el escenario todavía no está completamente cerrado. Desde distintos sectores reconocen que continúan existiendo conversaciones políticas antes de la oficialización definitiva de las listas. La posibilidad de algún acuerdo de último momento sigue siendo remota, pero nadie se anima a descartarla por completo en un partido acostumbrado a resolver muchas de sus definiciones sobre el límite de los plazos electorales.

Más allá de cuántas listas terminen finalmente oficializadas, el cierre de candidaturas dejó una señal política imposible de ignorar. Después de casi tres años de intervención, el PJ volvió a movilizar dirigentes, militantes, sindicatos, legisladores, intendentes y afiliados. La sede partidaria recuperó una imagen que hacía tiempo no se veía y que muchos creían definitivamente perdida. La intervención congeló la vida institucional del partido, pero no logró desarmar su estructura política ni borrar la identidad de una fuerza que todavía conserva presencia territorial en toda la provincia.

Quizás allí aparezca uno de los datos más importantes de esta elección. Durante mucho tiempo se instaló la idea de que el peronismo jujeño había perdido capacidad de organización. Sin embargo, las miles de firmas presentadas, la movilización de la militancia y la participación de dirigentes de los distintos departamentos muestran una realidad bastante diferente. El PJ puede haber retrocedido electoralmente, pero sigue siendo una organización con dirigentes, estructura y capacidad para volver a disputar espacios de poder.

Cuando se escuchan los discursos de los distintos sectores aparece otra paradoja. Las coincidencias parecen mucho más numerosas que las diferencias. Todos hablan de reorganizar el partido, fortalecer la militancia, recuperar la presencia territorial, cerrar definitivamente la etapa de la intervención y preparar al justicialismo para volver a competir por el gobierno provincial en 2027. La verdadera discusión no parece estar en el diagnóstico, sino en quién debe conducir ese proceso.

Allí aparece una de las razones que explica buena parte del retroceso del peronismo durante la última década. El problema del PJ jujeño nunca fue la falta de dirigentes ni de estructura. Fue algo más profundo. Durante demasiado tiempo tuvo referentes con peso político, historia, militancia y presencia territorial, pero no logró construir una conducción común capaz de ordenar todas esas fortalezas detrás de un mismo proyecto.

Mientras las diferencias internas ocupaban el centro de la escena, el radicalismo primero con Gerardo Morales y ahora con Carlos Sadir consolidó una estructura de gobierno que logró extenderse a buena parte del territorio provincial. La gestión, la organización partidaria y la construcción de poder avanzaron mientras el principal espacio opositor seguía mirando hacia adentro.

Al mismo tiempo apareció un actor completamente nuevo. La Libertad Avanza, impulsada por el sello nacional de Javier Milei, comenzó a disputar una parte importante del voto opositor y modificó el escenario político argentino. En Jujuy ese crecimiento todavía no encontró un dirigente capaz de convertirse en el líder indiscutido del espacio ni una estructura territorial comparable con la de los partidos tradicionales. Precisamente por eso, el PJ todavía tiene una oportunidad para reconstruirse. Pero esa oportunidad no será eterna.

*- Por Fabricio Rasjido
Periodista político. Director periodístico en La Voz de Jujuy