La espada de Lion-O, la de He-Man o la de Conan el Bárbaro tenían, en sus respectivas narrativas, superpoderes. Eran artefactos capaces de otorgar a sus portadores cualidades sobrenaturales, fantásticas, que despertaban la admiración de quienes crecimos viendo esas series y películas en los años noventa.
A veces uno tiene la sensación de que Javier Milei también cree que un sable puede tener superpoderes. Y que, al empuñarlo, esos poderes pueden transferirse mágicamente a quien lo exhibe.
Pero el sable corvo de San Martín no es un objeto fantástico. Es, en rigor, un shamshir, nombre persa que designa a los sables de acero de Damasco. El término puede traducirse como “curvatura semejante a la garra de un león”. En Europa, esa palabra derivó en “cimitarra”.
Su verdadero “poder” no reside en ninguna energía sobrenatural, sino en algo mucho más profundo: perteneció a una figura central de nuestro pasado que no es cuestionada por ningún sector político. San Martín encarna, todavía hoy, una imagen ampliamente compartida de identidad nacional y proyecto colectivo.
Adolfo Carranza, primer director del Museo Histórico Nacional, comprendió muy bien ese valor. En 1896 solicitó a la hija de Juan Manuel de Rosas la donación del sable de San Martín, que formaba parte de su herencia familiar. Carranza concibió el museo como un espacio consagrado a la memoria del pasado nacional, con la misión explícita de “resguardar las reliquias” y “preservar las tradiciones” de los episodios considerados fundacionales de la Argentina.
El historiador y filósofo Krzysztof Pomian sostiene que los museos funcionan como lugares de conexión entre lo visible y lo invisible: entre el mundo profano del visitante y ese mundo pasado, casi sagrado, al que se accede a través de los objetos que lo representan.
Para Carranza, los objetos que integraron la primera colección del Museo Histórico Nacional no eran simples piezas antiguas. Eran “reliquias de la nacionalidad”: objetos portadores de una aureola casi sacra, fundada en el hecho de haber pertenecido a los hombres destacados del pasado.
Desde la antigüedad grecorromana existió la veneración de objetos singulares asociados a héroes o dioses. Pero fue el cristianismo el que llevó esta práctica al extremo, desarrollando una cultura de la reliquia vinculada a la vida y el cuerpo de los santos.
La palabra “reliquia” proviene del verbo latino reliquor -dejar, permanecer- y alude a “lo que queda”. Para que un objeto deje de ser un utensilio cotidiano y se convierta en un objeto histórico debe atravesar un proceso de resignificación. Ese pasaje ocurre cuando el objeto sale del ámbito privado y se integra a un espacio público como el museo, que es el lugar donde se le otorga sentido colectivo.
En este marco, la escena de Javier Milei resulta inquietante y, a la vez, reveladora. Como un niño caprichoso que quiere blandir una espada sobre un corcel blanco, priva a una comunidad entera de la posibilidad de conectarse con su pasado a través de los objetos que de él permanecen.
Las reliquias no son trofeos personales ni fetiches de poder. Son puentes. Y romperlos es, también, una forma de empobrecer la experiencia histórica compartida.
*- Por Diego Citterio
Historiador. Docente e investigador universitario



