En el artículo anterior nos preguntamos qué podía tener en común una cumbia boliviana de los años 90 con los foros incel del presente. Lo hicimos para marcar una continuidad afectiva y discursiva, más allá de la distancia temporal o estética. Cambian los soportes, cambian los lenguajes, pero el malestar persiste. Concluimos que tanto en esas cumbias de desamor y abandono como en los discursos incel actuales se configura una masculinidad que se percibe a sí misma como desplazada. Y, sobre todo, insiste una misma pregunta, rara vez formulada de manera directa: ¿qué lugar perdió este varón que habla (o canta) desde la herida?