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Domingo, 30 Agosto 2020 22:49

Pachakuti: "Es una crítica de la tierra a la ceguera del ser humano" Destacado

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Entre los primeros cronistas del mundo andino, el término pachacuti o pachakuti aparece asociado a expresiones como “la tierra asolada”, “el tiempo pestilente”, “el voltearse la tierra”, entre otras. En 1620, el jesuita Ludovico Bertonio escribe en aymara "pampa ussu pacha". Guaman Poma, en 1615, lo caracteriza como “tiempo de pistelencia, sarampión y birgüelas”. Holguín, en vocabulario de la Lengua General o Quichua, de 1608, lo anota como tiempo "uncoy pacha", es decir el tiempo de “la tierra enferma” y de “voltearse la tierra”.

En los Andes cuti, cuty, kuti, kuty, en tanto concepto constituye una forma abierta, en cuyo interior se pueden verter valores que pueden devenir en su opuesto (vivo-muerto, bueno-malo, cuidado-descuidado, salud–enfermedad, entre otros).

Metafísicas de la costumbre

Cuando un visitante pregunta a un lugareño por qué hace eso o aquello, invariablemente se escucha decir “es costumbre”; también se responde, “no sé, así acostumbraban los abuelos” o “así contaban los mayores”.

“Costumbre” es una expresión que no goza de prestigio en el vocabulario moderno, porque es asociada a “usanza”, “repetición”, “uso”, “inclinación moral”. Adjetivos que denotan un carácter irreflexivo, generalmente asociados a la doxa o vida cotidiana.

Así, entre nosotros se escucha decir “es costumbre”, “corpachar la tierra” en agosto, “estamos haciendo la chicha para las costumbres”, etc.

Entonces ¿qué es esto de la costumbre? En el quechua tenemos "yachasccca" o tener costumbre. En el aymara, sara o sarawi, “costumbre o modo de vivir”; también thakhi como “costumbres establecidas por toda la comunidad”, “camino”.

De aquí que “costumbre” relaciona a los diversos “caminos”, "thakhies", que vamos recorriendo en los diferentes momentos de nuestra existencia. Para los andinos “todo es camino”, el nacer, el educarse, el hablar, el crear. Es un camino que siempre es colectivo (de un nosotros inclusivo -o todos- y exclusivo –sólo nuestra familia o comunidad) acompañado de los otros humanos y en relación con los seres del mundo.

Lo innombrable

En el aymara el “vivir” y el “estar” se escriben qamaña, o casa en la cual se mora. Pareciera que entre los aymaras el “estar bien” tiene como referente la vida intrauterina alimentada por una placenta. Esta parece constituir una alteridad innombrable, que sostiene la existencia, que nos hospeda (corpachasca). Relación siempre atada a la finitud, el alumbramiento marcaría entonces un vuelco del pacha en nuestra existencia, morimos como embriones y nacemos como humanos. En esta condición ontológica estamos unidos a la madre tierra, nuestra placenta actual. Unidad siempre temporal destinada al vuelco o kuti, como hemos dicho.

Pero nuestra relación con pacha, en tanto lo absoluto, que instala el pan, también puede instalar el hambre, la enfermedad y la muerte. De tal modo que puede devenir depredación de lo humano, como por ejemplo, las enfermedades andinas, tales como el susto, la pilladura, la agarradura, la aicadura, la maradura, el testi, la sopladura, la aikadura. Por eso las copleras andinas cantan así:

Pachamama, santa tierra
No me comás todavía
Mirá que soy jovencita
Tengo que dejar semilla

El mundo moderno “desanimado”

Es posible que el esquema cosmogónico (sobre la creación del mundo) de Pachakuti se relacione con el “mundo sobre animado” por un Dios creador y omnipotente de los evangelizadores de la época. Los cronistas traducían la divinidad de la costa peruana Pachacamac como el “creador del mundo”. Esta potencia crea el mundo para el hombre, con el mandato de dominarlo. A partir de los siglos XV-XVI, se acude a la “naturaleza” o res extensa gobernada sólo por fuerzas físicas. Se impone la visión de un mundo “desanimado”. Mientras los indígenas concebían el mundo “animado”, repleto de alteridades, de diversa naturaleza, consideradas “otros” no humanos.

En la actualidad se vuelve a concebir al mundo como Gaia o entidad viviente. Si bien se considera que sólo el hombre es depredador de pacha, esta también tiene la potencialidad de determinar la finitud de lo humano.

La escucha del mundo

El saber indígena parece relacionarse con el mundo a través de la reciprocidad en el cuidado y la crianza. Se busca dialogar con sus seres para poder “ver” a través de sus ojos. El mundo parece estar poblado de miradas diversas, dependiendo de su naturaleza. La mirada de lo humano constituye solo una línea más entre esas esas infinitas miradas.

Rodolfo Kusch escribe que nuestro pensar está compuesto por dos caminos o vectores, dos thakhies. Uno recorre el pensar científico-técnico y el otro lo subjetivo, los afectos, lo inconsciente, la vida misma. Nos dice que la aventura de la modernidad ha llevado a magnificar el primer camino, que ha permitido conocer el mundo, res extensa, como “patio de objetos” explotable y dominable. El segundo thakhi ha sido relegado al campo de lo subjetivo, por aquellos espacios “intensos”, donde campean los dioses y diablos, por donde también andan los santitos y las mamitas protectoras. Este camino de la escucha, a lo largo de la historia americana, ha sido demonizado, invisibilizado o declarado inútil.

Kusch nos dice que si logramos recuperar el segundo sendero, lograremos recuperar una auténtica humanidad, una profunda universalidad. Por eso augura que en esta América Profunda se dará esa revelación de una nueva humanidad.

La “tierra volteada”

Entonces la noción de pachacuti o pachakuti como “tierra volteada”, dada vuelta, es la del pacha (espacio/ tiempo) que se invierte, que se vuelca en sentido contrario al devenir. En este sentido también la tierra se convierte en depredadora de la “razón indolente” moderna.

Pero también es la posibilidad de la preparación del terreno para volver a sembrar. Sembrar valores de hospitalidad (corpachar), del saber escuchar y cuidar las alteridades. Ello nos daría el horizonte de un nuevo “habitar”, cuidando la casa común y propiciando la crianza mutua, el “con vivir bien”.

En este tiempo de Pandemia, es un tiempo de ver la tierra, para volver a sembrar, es -en suma- "una oportunidad de dejar de ser hostil y relacionarnos con hospitalidad".

Por Mario Vilca
Filósofo. Profesor universitario (UNJu), Magíster en Educación en Valores (Univ. Barcelona) y Lic. Instituciones Educativas (UCSE)

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